LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

domingo, 26 de junio de 2011

VÍDEO PROMOCIONAL (2ª EDICIÓN)

Bueno, cuelgo otro, el de Las olas muertas. Retiro el anterior, de momento. Perdonen los experimentos.

video

Aquí, un vídeo promocional de mi libro Trece elegías y ninguna muerte. Alguno dirá que qué fantasía es esta de hacer vídeos promocionales de un libro de poemas. Bueno, yo es por estar a la última.

Aunque, al final, parece que no me ha salido muy bien: fallos en la música, torpezas en la colocación de los textos, escasez de imágenes... Pero, de momento, esto es lo que hay, quiero decir, lo que da de sí mi capacidad de cineasta.


Ah, ya preparo otro sobre Las olas muertas. Ese, sí, será la leche.

martes, 21 de junio de 2011

DE LA EFÍMERA URSS Y OTRAS CUESTIONES ADYACENTES SOBRE LAS QUE CONVENDRÍA MEDITAR

La idea de nación no es lo que ella misma piensa sobre sí en el tiempo, sino lo que Dios piensa sobre ella en la eternidad.


Vladimir Soloviev, La idea rusa (1888)

martes, 14 de junio de 2011

DOS MAESTROS

Como en el caso de Shakespeare y de Cervantes, pero acaso más exacto, G. K. Chesterton y J. L. Borges murieron el mismo día: tal como el de hoy. En años diferentes, como es obvio.

Su memoria no deja de engrandecerse. Estos sí, dos clásicos. Del siglo XX.

martes, 7 de junio de 2011

PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DE LA FE (y 2)


Pero sin duda el terreno más resbaladizo es el que más se adentra en el sentido último de la vida. La ética, la economía y las ciencias sociales, la filosofía, la teología... Imposible para la mayoría de los mortales hacerse experto en todas estas disciplinas. Se perdería en ese bosque frondoso y umbrío. Tal vez se volvería loco, entre argumentos y contra argumentos, entre tesis y refutaciones.


De ahí que el hombre necesite creer, es decir, confiar, tanto en sus actos más cotidianos (¿cómo sé que este amable dependiente de unos grandes almacenes no es en realidad un asesino en serie que me asestará varias cuchilladas en cuanto le pregunte por una olla rápida?), como en los más trascendentes. Es verdad que hay cosas que creemos por nosotros mismos, por indicios o suposiciones que parten de la propia experiencia, pero en las cuestiones menos evidentes, es decir, más trascendentes, necesitamos de otro, el guía, el maestro, ese alguien en que ponemos nuestra confianza y le concedemos autoridad, así sea el periódico o la radio que seguimos.

Ahora bien, el concepto de autoridad parece estar en franca retirada. Hubo un tiempo en que el principio de autoridad era sagrado. Hoy ya no gozan de autoridad, o cada vez menos, ni los padres, ni los maestros, ni los médicos, ni los políticos... Hoy la autoridad es sinónimo de mera coerción, y se ha dejado de ver como protección, garantía, seguridad, confianza... Sólo por coerción detenta su autoridad la autoridad. Fue la Ilustración la que empezó a poner en cuestión el argumento de autoridad. El sapere aude de Kant no quería decir otra cosa que “no te creas nada, averígualo todo por ti mismo”. Pero, como hemos visto, esto es imposible. Ciertas cosas podemos discernirlas por nosotros mismos, pero en la mayoría de los casos, necesitamos depositar nuestra confianza en alguien o en algo.

Sin un cuadro claro de autoridades, sin un horizonte de creencias firmes y comunes, el hombre moderno se ve abocado a creer sólo en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo. O no cree en nada (nihilismo) o cree en todo (relativismo), pero lo más frecuente es que crea sólo en sí mismo, y por tanto en lo que le interese o le convenga (egoísmo, consumismo, filosofía del éxito). El hombre moderno, que ha renunciado a la autoridad, ha renunciado también a la comunidad. Nos hemos quedado solos. Pero la conocida frase “creer en uno mismo” no es más que una bobería propia de psicólogos de baratillo. Creer es siempre confiar en el otro y en lo otro.


¿Es posible, hoy, creer en algo? Por supuesto. De hecho, la gente cree hoy muchas cosas: como ocurría en tiempos pasados, aunque las creencias sean ahora otras, y los tópicos, distintos. Si creer es algo antropológicamente indispensable (“Porque todo es creer, amigos, y tan creencia es el como el no. Nada importante se refuta ni se demuestra, aunque se pase de creer lo uno a creer lo otro”, Antonio Machado dixit), no basta con “estar en la creencias”, pasivamente, como decía Ortega, sino en “tenerlas”, y tenerlas y obtenerlas de modo activo y consciente. Hoy la fe, cualquiera que esta sea, necesita, más que nunca, de la razón. Pero no olvidemos que la fe no está sólo al final del camino de la razón, sino también en el principio. ¿Un círculo vicioso? No, una ayuda mutua. La Razón, divinizada, nos había cerrado las puertas de la fe; la razón rehumanizada, puede que nos las vuelva a abrir. Sólo es precisa una condición: abrir nuestros corazones y nuestras mentes a la pregunta, a la búsqueda, al diálogo. Al otro y a lo otro. Es decir, re-pensar lo que creemos. Tener creencias, sí, pero no conformarse, a merced de la corriente, con estar en ellas. En definitiva, creer en la razón para creer de nuevo.

lunes, 6 de junio de 2011

PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DE LA FE (1)


La mayoría de la gente se muestra convencida de que tiene ideas, cuando, en realidad, sólo tiene creencias. No es nada extraño. La fe nos resulta indispensable. El edificio en el que ahora estoy, y en cuya biblioteca leo y escribo, data del siglo XVII. ¿Cómo sé que tan vetusta fábrica, aunque haya sido restaurada varias veces, no se va a venir abajo inesperadamente? ¿Cómo sé que el suelo no se hundirá bajo mis pies o la techumbre no se desplomará sobre mi cabeza? No he visto los planos, desconozco el nombre del arquitecto, la fecha de su restauración, no sé si los papeles están en regla o si el mantenimiento es el adecuado. Sencillamente, confío: creo. No ciegamente, claro está, sino a través de indicios y suposiciones (que no he comprobado): confío en las autoridades administrativas de las que el edificio depende, supongo que los técnicos (cuyos nombres, aunque los conociera, no me sonarían de nada) serán competentes y honrados, que la estadística (que no he calculado, sólo a ojo de buen cubero) indica que estos casos son muy poco frecuentes, y que es más fácil que se agriete o se arruine una vivienda de protección oficial de hace veinte años que un edificio catalogado del siglo XVII. En definitiva, estar aquí y ahora leyendo y escribiendo, bajo estas bóvedas, es ya en sí un acto de fe. 



Pero este ejemplo banal de la vida cotidiana revela el mecanismo que aplicamos en otras esferas: nuestra concepción del mundo y de la sociedad, el sentido que damos a nuestra propia vida. La gente ha oído hablar del big-bang, de la evolución de las especies, del cambio climático, del teísmo y del ateísmo... Pero, ¿quién puede pararse a comprobarlo todo, y a comprobarlo por sí mismo? Si quisiera poner en claro si el origen del Universo está probadamente en ese famoso bing-bang, o si es sólo por el momento una hipótesis científica, o qué consecuencias tendría en una nueva cosmología... se vería obligado a consultar varios libros cuyo entendimiento no está al alcance de cualquiera, incluso si esos libros son de mera divulgación. No digamos si se enfrenta al calentamiento global, que unos afirman rotundamente y otros niegan con no menor convicción. O las diversas teorías sobre evolucionismo... Todo es muy complejo.

miércoles, 1 de junio de 2011

MEDITACIONES ELECTORALES ANTE LA PUERTA DEL SOL

"Creo que los pueblos no han gobernado nunca y no gobernarán jamás.Sólo hay una forma institucional, la oligarquía renovada por cooptación.[...] En los regímenes partitocráticos las posibilidades del elector quedan reducidas a un mínimo: relevar a una de las oligarquías contendientes que, sin embargo, puede continuar usufructuando los privilegios de la oposición y disponiendo de dinero público. Nada más."

Gonzalo Fernández de la Mora, Río arriba (Memorias), Barcelona, Planeta, 1996, pp. 283-284.