LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

sábado, 9 de abril de 2011

DON JUAN EN DOS HERMANAS


 Parque de la Alquería

¿Desde cuándo no va uno por Dos Hermanas? ¿Hace cinco, ocho, diez años? ¿O quizás hace sólo unos meses? ¿No era ayer mismo cuando llegábamos en bicicleta hasta el Arenal, desde la vecina Alcalá de Guadaira? Ese paseo lento, demorado, por el parque de La Alquería, ¿no lo habremos dado esta mañana? Sí, todas las ciudades, estén donde estén, están en la memoria. Sin necesidad de trenes ni de aviones llegamos hasta ellas. A veces va uno hasta allí por gusto propio, tal vez por necesidad. Otras veces, es que alguien nos invita. Ahora ha llegado una carta desde Dos Hermanas, en la que un buen amigo me invita a colaborar en la Revista de Feria. Ah, las revistas de ferias. A uno le gustaría que lo invitasen a colaborar en el Times Literary Supplement, como poco, pero se tiene que conformar con que lo llamen de hojillas volanderas, de revistas de feria de los pueblos, de sitios donde no se sabe si transita algún lector, pero donde consta, al menos, que la tesorería es incontrovertiblemente inexistente. Bueno. Tampoco va a exigir uno que le paguen, como si fuese un fontanero o un ebanista. Hasta ahí podíamos llegar, hasta pretender codearnos con un ebanista o un eléctrico. Lo de uno es más arte que oficio, y el arte, ya se sabe, no sirve para nada. Tampoco la erudición.
Porque pensó uno, a poco de recibir la carta, en escribir un artículo que se titulase “Don Juan en Dos Hermanas”, una exégesis de ese conocido pasaje del Burlador de Sevilla en que Don Juan, camino de Lebrija, irrumpe en una boda aldeana, alzándose con el santo y la limosna y perpetrando uno más de sus engaños. Pero la erudición es seca y desabrida, y no tiene uno ánimos para habérselas con Don Juan, por lo menos con ese Don Juan de Tirso, que es el más descosido de todos, el más antipático.
De todos modos, pensó uno, voy a mantener el título. No por broma, por ilusión. A uno siempre le hizo ilusión escribir un artículo cuyo contenido nada tuviese que ver con el título. Rarezas. Caprichos. Pero, si no es en una revista de feria, ¿dónde se va a poder permitir uno un capricho?
No se sabe cómo sería la Dos Hermanas de Tirso, ni la de Fernán Caballero, ni la que entreve Juan Ramón cuando el tren se detiene camino de Cádiz, camino de Zenobia, al otro lado del Atlántico. No lo sabe uno, quiero decir. Seguramente no pasaría de ser una aldehuela, un caserío de tres o cuatro calles de casas humildes en medio del mar interminable de los campos. Recuerda uno imágenes de Dos Hermanas. La desaseada y triste de los años del desarrollismo, que crecía por acumulación, como una esponja suburbial ante la marea del éxodo rural. Y no deja de sorprenderse ante esta Dos Hermanas de hoy, cercana y lejana de Sevilla, con Universidad en su término, con estatua del Rey, con Alquería rescatada del olvido, y los fantasmas de don José de Lamarque y de doña Antonia Díaz paseándose al sol, al reducido sol, de los que saben, o atisban, quiénes fueron.
Ya que a uno no le llaman del Times Literary Suplement, es un poner, ni le encargan un reportaje sobre Nueva York o Venecia, otra suposición, bueno será dar un paseo por Dos Hermanas. Pero no. Tampoco. Se ha podido levantar uno, hace un buen rato, y acudir a los estantes, y desempolvar un ejemplar del Burlador de Sevilla, y no lo ha hecho. Tampoco ahora va a coger el tren y marcharse a Dos Hermanas.
Tampoco hay necesidad. Hay ciudades que son como un destino. Por las que no necesitamos pasear. Están dentro de nosotros, van con nosotros. Son algo así como nuestro paisaje interior, como nuestro decorado. El decorado de ese drama en tres jornadas que va siendo nuestra vida. El espacio de esa novela que vamos escribiendo con tiempo y sangre y con paciencia, con una infinita paciencia. No tiene Dos Hermanas grandes monumentos que describir. Mejor, así no incurre uno en el mal de la piedra. Pero no carece de historia ni de intrahistoria. No le faltan, incluso, bonitas y doradas leyendas, como esa que resume la rogativa del “Váleme, Señora”, de cuando los reyes eran santos, heroicos y sabios. Ni su poco de barniz literario, del fraile Tirso a don Alejandro Collantes de Terán,  lo que le otorga un brillo, una pátina quizás, de mueble antiguo, que no tienen otros pueblos.
¿Pasear por Dos Hermanas? No. Si acaso, lo haríamos si pudiéramos sobrevolarla al modo y manera del Diablo Cojuelo, levantando la tapa de las casas y enterándonos de sus secretos. Cuántas comedias, cuántas tragedias, cuántas novelas no estarán sucediendo ahora en este desparramado caserío. Nunca las conoceremos. O tal vez sí, quizás, quién sabe.
Don Juan, el antipático don Juan de Tirso, irrumpía, e interrumpía, una boda campesina y no se enteraba de nada. Nosotros nada queremos interrumpir y quisiéramos saberlo todo. Quisiéramos volver por Dos Hermanas, a los Jardines, al Palmarillo, a las calles de la Botica o de la Mina, y enterarnos de todo, saberlo todo, como quien escudriña su destino.
Sin pisar Dos Hermanas, ya nos tenemos que marchar. Sin pisar Dos Hermanas, la hemos visitado. Y marchándonos, nos quedamos. Siempre nos quedamos dentro de nosotros mismos. Como si un lugar, en vez de ser un lugar, fuese una costumbre. Y una cosa es cierta, en el Times Literary Suplement difícilmente le hubiesen encargado a uno un reportaje, un artículo, un poema, algo sobre Dos Hermanas. Ignorantes.

4 comentarios:

Mora Fandos dijo...

Qué bien se lee este texto, en algunas cadencias me ha recordado a Azorín. Dan ganas de haber estado, sin estar, en Dos Hermanas. Después de esto, el Times Literary Supplement abre sucursal allí.

Alfaraz dijo...

Pero cada cierto tiempo hay que volver a Dos Hermanas, llamar a esa puerta y preguntar por doña Antonia Díaz, el resultado nunca será peor que con aquella marquesa de Gandul que leía el otro día.

Para las revistas de feria, está por despejar la incógnita de si Paul Morand llegó a visitar Dos Hermanas. No lo descartemos.


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Sara dijo...

Qué bueno este texto. No saben los del TLS lo que se pierden. Ignorantes. Sí.

manuel dijo...

Este don Juan no tiene que ver nada con el del bosque de pinos y la dulce doncella que desde el balcon clamaba don Juan don Juan....