LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

sábado, 22 de julio de 2006

Arcaísmos de hoy mismo... o ya de ayer


Pasan a mi lado, por la calle, dos señoras, no de mediana sino de mayor edad, y a una de ellas, embutida en una frase que no recuerdo, o que quizás no entendí, le oigo decir la palabra "lebrillo". Hacía años que no oía esa palabra. En el imperio del plástico y del tuperuare, ya no existen los lebrillos.
Como a Proust la magdalena, el lebrillo me lleva a un paseo por el campo, semántico, por supuesto, de la aljofifa, de la talega, de la alberca... Palabras usadas y usuales, que yo he visto morir lánguidamente, convertirse en arcaísmos todavía más arcaicos que los medievales.
Una talega es cosa más rara aún que un yelmo. Ya, ¿quien se baña en una alberca? Todas son ya piscinas, aunque sin peces.
Van muriendo las palabras. Van naciendo. Va muriendo un mundo. Y otro, el mismo, nace.
El hombre que se ha quitado los zapatos, para que sus pies estén más cerca de la tierra, para medir su temperatura, cálida o fría, se extraña un poco de que ese mismo suelo, tan firme y tan seguro, soporte sin embargo cambios continuos. Pero el hombre no llega a ninguna conclusión. Aunque el cuadro se llame "The Meditation" (Bill Jacklin, 1980), el hombre del cuadro no medita. Sencillamente, siente. Siente fluir el tiempo. Que no es mal pasatiempo. Sentir cómo el tiempo fluye bajo nuestros pies.

8 comentarios:

Carlos RM dijo...

Siento predilección por las palabras arcaicas, aunque este término tenga un matiz peyorativo que casi justificaría el desuso. Disfruto, a ratos, revisando el Diccionario de Autoridades (1726-1739), pues las palabras —en especial las de sabor antiguo— tienen un prodigioso poder de evocación. Creo que en algunos países de Hispanoamérica se utiliza todavía alberca en vez de piscina, y esto me da pie para copiar un fragmento de Variaciones sobre tema mexicano, de Cernuda (1952), casi visionario y oportuno también ante el "desasosiego nacional" del que hace unos días hablábamos entre rayos y truenos:

¿Cómo no sentir orgullo al escuchar hablada nuestra lengua, eco fiel de ella y al mismo tiempo expresión autónoma, por otros pueblos al otro lado del mundo? Ellos, a sabiendas o no, quiéranlo o no, con esos mismos signos de su alma, que son las palabras, mantienen vivo el destino de nuestro país, y habrían de mantenerlo aún después que él dejara de existir.

Anónimo dijo...

Lebrillo, también denominado en algunos pueblos con el giro "DORNILLO"

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La palabra "dornillo", que yo había oído en la sierra de Cádiz, aparece en el Quijote en la variante "dornajo". Sobre esas palabras tradicionales también he escrito en alguna ocasión. Tienen sabor y carácter, y prestan una insospechada frescura a la lengua gastada que hablamos y oímos (y leemos, ay, todos los días).

Carlos RM dijo...

Al hilo de lo que apunta Benítez Ariza: lo anciano resulta fresco, hermosa paradoja.

Enrique Baltanás dijo...

No estoy muy seguro de que un dornajo o dornillo sean lo mismo que un lebrillo; aunque puedan ser objetos parecidos y por tanto puedan funcionar como sinónimos. Tampoco es cosa de comprobarlo ahora porque, total, fuera de la circulación están todos. Yo, si estuviera escribiendo una novela, lo miraría, para ser preciso, pero tampoco es el caso. En cualquier caso, de acuerdo: estas palabras antiguas resultan de lo más evocadoras.
Ahora, en lo que no estoy de acuerdo con Cernuda, amigo Carlos, es con que la lengua nos una. Nos une o nos desune, según. ¿Cuántas guerras no ha habido entre países hispanoamericanos, para no hablar de las civiles? Yo diría que a Cernuda hay que leerlo siempre con mucha precaución. A poco que nos descuidemos nos cuela gato por liebre.

Carlos RM dijo...

En efecto, la lengua también desune. La mejor forma de discutir con alguien es hablar su idioma. En cuanto a Cernuda, creo que al referirse al español en América hablaba de filiación más que de fraternidad. ¿Por qué piensas que hay que leerlo con precaución? ¿Con más precaución que a otros? Pregunto sin acritud, que decía aquél.

Enrique Baltanás dijo...

En cuanto a las precauciones con Cernuda... quizás exageré. Yo estaba pensando en la prosa especiosa de Ocnos,en su dureza de oído para el verso,en sus teorías sobre Andalucía, en ciertos versos ofensivos o desmemoriados... Pero todo esto es muy subjetivo. Y habría que matizarlo mucho. No me has mucho caso, Carlos. No he dicho nada.

Mora-Fandos dijo...

Me siento incompetente en cuestión de lebrillos y dornillos, y a Cernuda lo he leído poco, así que he venido a esta entrada a aprender, y vaya que sí.

Donde puedo decir algo es en la consideración de las palabras antiguas, porque soy un fiel de Azorín, aunque suene a secta esotérica decirlo. Las palabras mueren, las palabras nacen, como señalas, Enrique, y no puedo acallar un eco de East Coker, en los Cuatro cuartetos de Eliot, que a su vez es un eco del Eclesiastés. Lo que una palabra vieja nos deja al morir es el sentido de la dignidad lingüística -y en el fondo humana-, el que aquel término fue osado, útil, bello en la tarea de cubrir su parcela de mundo y nuestra parcela de alma. Por eso releo a Azorín con unción, aunque sepa que nunca me encontraré con un batihoja, pero sí con hombres que quieren vivir digna y maravillosamente a través de las palabras.

La interpretación del cuadro, me ha encantado, te cambia el mirar.