LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

lunes, 17 de octubre de 2011

LA "EVA" DE PÉGUY



Charles Péguy murió en el campo de batalla, el cinco de septiembre de 1914 (hace ahora noventa años que una bala enemiga le alcanzó la frente), pero toda su vida había sido una continua batalla, aparentemente perdida. Abandonado por casi todos, ninguneado por la Academia y por la Sorbona, examinado con escrúpulos desde el Vaticano, condenado por el gran gurú literario, André Gide, viviendo toda su vida en una estrechez económica rayana en la pobreza, sosteniendo durante catorce años el heroico esfuerzo de sacar los Cuadernos de la Quincena, la figura de Péguy se inscribe hoy en el retablo mayor de la literatura francesa contemporánea. No sin olvidos, no sin negaciones, no sin apropiaciones indebidas. Lo reclamaba como suyo la Francia de Pétain, pero el general De Gaulle confesaba haber leído todas sus obras y tenerlo por maestro. Hoy subrayan su importancia y su vigencia gentes como George Steiner o Alain Finkielkraut.

Como todos los grandes poetas verdaderos, Péguy es al mismo tiempo filósofo y pensador. Plantea las grandes cuestiones de la modernidad, y casi ningún tema le es ajeno. Sus innumerables obras en prosa (Clío, Diálogo de la historia y del alma carnal, Nota conjunta sobre Descartes y la filosofía cartesiana, El dinero, Víctor María conde Hugo…) son tan imprescindibles como su grandes poemas: la Presentación de la Beauce a Nuestra Señora, el Pórtico del misterio de la segunda virtud, las Tapicerías…

Como tantos intelectuales en el gozne entre dos siglos, del XIX al XX, Péguy pasa del socialismo al cristianismo, transitando desde la fe decimonónica en el progreso a la fe en Cristo como único y verdadero salvador del género humano. Como Maritain, como Chesterton, Péguy es un converso (aunque él rechazaría el término: simplemente, volvía a las raíces). Entre nosotros, el caso semejante sería el de Unamuno, que también abandona el socialismo juvenil para centrar su lucha, su agonía, en los problemas religiosos. Entre todos los citados hay semejanzas, pero también enormes diferencias. Maritain, por ejemplo, es escolástico y ortodoxo; Péguy, bergsoniano, más bergsoniano incluso que el mismísimo Bergson, no cesará de tener problemas con la ortodoxia y desencuentros con la jerarquía. Con respecto a nuestro Unamuno, las diferencias son aun mayores. En primer lugar, biológicas, por así decirlo. Péguy es más joven (nueve años más joven), pero parece más viejo, porque murió antes: el bilbaíno le sobrevivió veintidós fecundos años. Y todavía otra semejanza: ambos huérfanos de padre, se crían bajo la fuerte influencia de la madre. Pero más importantes son las diferencias de pensamiento y convicciones. Unamuno, en verdad, si hemos de tomar como cifra y testamento de su doctrina su San Manuel Bueno, mártir, nunca recuperó la fe. De ahí su conclusión: si ya no podemos creer en Dios, necesitamos crearlo; Dios es imposible, pero también es imprescindible para sobrellevar el sinsentido de la existencia humana. Es la posición que Lukács denominó, tan atinadamente, “ateismo religioso”. Para Péguy, por el contrario, la fe no es ningún problema. «Es la fe lo que es fácil —escribe en el Pórtico del misterio de la segunda virtud—, y no creer lo que sería imposible. Es la caridad lo que es fácil, y no amar lo que sería imposible. Sin embargo, esperar, he ahí lo difícil.» También se podrían contraponer el acartonado, frío y pedantesco Cristo de Velázquez (la mejor poesía religiosa de Unamuno no está aquí), con la Eva, donde van a la par pensamiento y emoción.

La Eva de Péguy se publicó en diciembre de 1913, ocupando el decimocuarto Cahier de la serie decimoquinta ¡Casi ocho mil alejandrinos repartidos en mil novecientas once estrofas! Decididamente, es demasiado para el lector actual, acostumbrado al gusto del poema breve. Pero no es ese tipo de poema con el que Eva está en relación, sino más bien con el De rerum natura de Lucrecio, o la Divina comedia de Dante, o el Lost Paradise de Milton o La légende des siècles de Hugo, y por tanto no es lectura de una sola sentada, sino de largo viaje. Péguy mismo se refería a Eva como su Iliada, porque, le decía a su amigo Joseph Lotte, «ahí estará todo». Y, efectivamente, Eva es la historia de la humanidad, de la humanidad redimida por Cristo a través del misterio de la Encarnación o del «encarnamiento», en neologismo forjado por el poeta. El texto se abre con un escueto «Jesús habla» y todo el poema será este largo monólogo, que Jesús dirigide a Eva, a quien tiene, en tanto que Jesús es hombre, por su abuela originaria. De la caída a la redención: éste es el esquema teológico del poema. Pero nada de didactismo, de linealidad, como tampoco de capítulos o de partes: como un río, el poema fluye como una sinfonía, a través de repeticiones, de vueltas hacia atrás, con temas («climats» sería la palabra que emplearía Péguy) que se responden, se entremezclan o se enriquecen mediante variaciones continuas.

Distanciándose de la tradición pictórica y poética, Péguy no nos presenta a Eva como una muchacha joven y hermosa sino como «abuela de dedos enflaquecidos», vieja como la humanidad, de la que ha vivido toda su historia. Jesús le habla con ternura, con respeto —al fin y al cabo es su nieto—, a veces también con cierta ironía. Porque en este poema grandioso, épico, trágico, profético, no escasean tampoco las notas de humor. Aquí se encuentran los famosos versos «Hereux ceux qui sont morts pour la terre charnelle…», pero no se puede, como se ha hecho tan a menudo, trocear el poema en ciertos trozos especialmente felices: es preciso leerlo en su integridad. Para no falsear su mensaje.

Traducirlo al español no es imposible. Ya se demostró en los fragmentos impecables de la Antología de Charles Péguy que publicó Adonais el año 1943, firmada por Vicente Pola (es decir, Vicente Gaos, es decir, Vicente Gaos González-Pola: puede leerse ahora en V. G., Traducciones poéticas completas, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1986, vol. 1). El traductor de esta edición parece tener sus dudas: «Conscientes de la imposibilidad de reproducir, ni de lejos —dice—, la belleza de la obra de Péguy, hemos optado por sacrificar el aspecto estético en el ara de la fidelidad.» Pero si se carece de la ambición para traducir poesía como poesía, entonces, ¿para qué traducirla? El resultado es el previsto: una traducción escolar y pedestre, infiel por lo mismo que mutila al texto de su más íntima y primera condición y naturaleza, la de ser un poema. Aunque se ofrece un texto del propio Péguy (o dictado por él) acerca de su obra, tal vez el lector eche en falta una introducción sobre el poema que le sirviese de guía de lectura por este inmenso texto. Al menos, se da el original francés. Pero esto, claro, sólo consolará a los que sepan francés (que, por lo demás, no necesitan de la traducción, sino sólo una eventual consulta al diccionario).

No es preciso compartir las convicciones de Péguy para gustar su poesía (como no es preciso ser comunista para leer a Neruda); lo que sí es indispensable, si se quieren conocer las más incisivas respuestas, o ensayos de respuesta, al misterio del hombre, es leer a Péguy. Todavía no ha pasado. Quizás no pase nunca. La verdadera poesía nunca pasa.

3 comentarios:

cb dijo...

Muy agradecida.
Los grandes, los que más luz nos dan hoy, fueron los que más difícil encaje tuvieron en su tiempo. Péguy, para los socialistas y la intelectualidad en general, como Simone Weil para el movimiento obrero o el judaísmo, fue un traidor. Con la Iglesia tampoco lo tuvieron fácil. Hoy sin embargo los tironean desde todos lados. ¿Sabes que hay dos caminos Péguy, dos peregrinaciones que siguen sus pasos desde París a Chartres, organizadas por grupos contrapuestos? El año pasado estuve a punto de ir, y al final no lo hice porque no supe decidir con cuáles, los dos me daban miedo.

Tú serías el perfecto traductor de Péguy, por lo que dices de los poetas filósofos y pensadores, y
-tengo la impresión- por similitud de tránsito.

E. G-Máiquez dijo...

Gran propuesta de CB. La firmo.

Mora Fandos dijo...

Gracias por toda esta ilustración, Enrique. Recalo en lo de la traducción: Gaos también tradujo los Cuartetos de Eliot, y la verdad, se nota que puso mucho empeño y se asesoró, pero quizás el temor reverencial hacia la gran figura, y que el inglés no era una segunda lengua para él, produjeron una traducción poco vibrante, académica, autolimitada.
Leeré a Peguy. Tengo una gran laguna con los franceses. Solo he leído, pero bastante, a Bernanos. Sacaré la canoa.