LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

lunes, 3 de agosto de 2009

La estación de los pobres (o el verano hace más de un siglo)

Muera Marta y muera harta.

La providencia, que así vela por los lirios de los prados y por los insectos que no hilan ni tejen, como por los pájaros que se pierden de vista por los aires, las truchas que nadan entre dos aguas en los ríos y los poderosos de la tierra, que huyendo de los ardores del estío se marchan con la música y los cuartos a otra parte, ha dispuesto en su infinita e insondable sabiduría que lo pobres tengan también una estación del año para ellos: el verano.

El verano es, en efecto, una estación democrática por excelencia: inaugurado con la popular verbena de San Antonio de la Florida, célebre en Madrid, y festejada con las poéticas e inolvidables veladas andaluzas de San Juan y San Pedro, de Santiago y Santa Ana, el verano es la estación de la clase jornalera, un oasis en su azarosa vida. Durante esta época, en que florecen los nardos y la albahaca, y en que los blanquísimos jazmines, asomándose por entre las enredaderas y las parras cargadas de racimos, entonan un himno de alabanza a la Naturaleza y murmuran palabras de cariño en los oídos de los enamorados, enviándoles en forma de esencias embriagadoras, billetes amorosos que la pluma mejor cortada no acertaría a transcribir, el pueblo vive...

Dicen que allá, en el extremo Sur de la Península, en las fértiles comarcas de Andalucía, donde un sol casi africano despliega indomable pujanza, existen pobres segadores que con el cuerpo inclinado, la hoz en la mano, con la piel seca y echando fuego, jadeando muchas veces de sed y sintiendo sobre la irritada piel el aguijoneo constante de la raspa de la espiga que le provoca y desespera, punzándole en el pecho, y en la mano, y en los ojos, y en las mejillas para mayor insulto, sin una brisa de aire que respirar, caen, para no levantarse, asfixiados de calor, entre las rubias mieses, que, conducidas en carros en pintorescas gavillas, han de servir luego de fúnebre cortejo al infeliz obrero que, por llevar un pedazo de pan, no siempre blanco, a sus infelices hijos, ha sucumbido al pie de las que unos siembran, labran, siegan y recogen, para que otros coman.

Las máquinas, redimiendo al obrero, llegarán a reparar estas injusticias, y el despiadado sol, esclavizado al hombre, ejecutará sumiso y obediente, uncido a la máquina, el trabajo que un obrero inteligente, cómodamente recostado en la sombra, le ordenará hacer en desagravio de la crueldad que desplegó para con sus hermanos.

Mientras llega este día, lejano, sí, pero no remoto ni con mucho, cuando leáis en los periódicos la noticia de los segadores que mueren asfixiados de calor, apartad la vista de esos renglones, y fijadla en los bailes, saraos e inocentes juegos con que se recrean los aristocráticos concurrentes a Biarritz, a Mónaco y a Baden Baden.

¡Qué hermoso es el verano! ¡Qué pintoresco está un mercado en esta época! Las plazas de abasto parecen en esa época verdaderas exposiciones de pinturas modernas. ¡Qué vigor en los contornos, qué pureza en las líneas, qué corrección en el dibujo, qué calor en los tonos, qué verdadero poema de colorido, que diría un crítico. Allí el verde pimiento y el encendido tomate, la negra breva y la pálida manzana, se hallan confundidos con la obesa y encarnada sandía, abierta en dos mitades, y el riquísimo melón con la pequeña cala que muestra un interior de amarillo mate, de ese amarillo magnolia que recuerda el amarillo distinguido anémico, revelador casi siempre de una aristocracia tan rica de dinero como pobre sangre; allí, todos lo colores que el pintor combina en su paleta tienen en alguna fruta, planta o legumbre, adecuada representación. Sin embargo inútil es decirlo, los colores vivos predominan. Lo intenso del calor excita hasta a la naturaleza inanimada que se muestra en esa estación insolente y provocativa.

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¡Qué bien come el pueblo en el verano! ¡Qué panzadas de agua se echa al coleto para solemnizar la fiesta! Nada menos que medio botijo de una sentada vi beberse una vez a un albañil, después de comerse, cruditos y como los produce la mata, dos tomates que metían miedo y un pepino de regular calibre. ¡Qué ensaladas de pimientos más apetitosas las que hacen! ¡Qué tajadas de sandía las que se engullen! ¡Qué racimos de uvas, más negras que su negra fortuna, las que se meten entre pecho y espalda! El verano es la época en que lo pobres comen algunas veces y casi viven; en un periquete fraguan una comida en estos tiempos; el sol, tan cariñoso con los suyos, se encarga de alumbrar desde más temprano y apagar las candilejas mucho más tarde; él se encarga también, gratuitamente por supuesto, de hacer innecesario el combustible: ¿qué le importa al obrero que en verano el cobertor tenga media vara más o media vara menos? La sombra de los árboles en calles y paseos le ofrece en las horas de la siesta cama, no diré blanda pero sí espaciosa. El verano es decididamente una gran época para los que en invierno no tienen combustible ni luz ni abrigo, ni aun los recursos necesarios para “comer caliente” en la mayor parte de los casos.

A estas ventajas innegables oponen los descontentadizos algunos reparos: el verano es ocasionado a cólicos y tabardillos; estas dos enfermedades y las epidemias hacen más estragos por lo común en la clase obrera que en las clases mejor alimentadas y preservadas de los rigores del sol. No sólo en los campos, sino en las ciudades, la clase de albañiles, especialmente, resiste todo el día el sol cayendo a plano sobre su cabeza; a las doce en punto, y cuando ya los dueños consideran que, por la posición del sol en el meridiano, el trabajador más rudo ha podido aprender de un modo práctico el modo de echar la plomada para que los muros salgan perpendiculares, los albañiles descansan un par de horas, para volver, repletos de tomates y pimientos y agua de Lozoya, a la pesada faena de apisonar la tierra o colocar el ladrillo.

Los pobres tienen, pues, dos estaciones al año. El invierno, en que se mueren “sin comer”, y el verano, en que suelen morir por comer mal. Entre una y otra estación, yo creo, como ellos, preferible esta última, pues, siquiera sea de cosa tan insustancial como los tomates y los pimientos, al cabo, al morir, podrán llevarse el consuelo al otro barrio de aquella piadosa mujer que, viéndose víctima de una indigestión, exclamaba: Muera Marta y muera harta.


(Antonio Machado y Álvarez, Obras completas, edición de Enrique Baltanás, Sevilla, 2005)



2 comentarios:

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Qué bien traídos, Enrique.

Ángel Ruiz dijo...

Gran texto: lo he disfrutado mucho