LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

sábado, 4 de abril de 2009

Noticia breve de Gustave Thibon



Fue Marie Christine del Castillo, en el divagatorio azar de una conversación de café, quien pronunció el nombre de Gustave Thibon (1904-2001). Yo no lo había oído nunca, ni me sonaba siquiera, lo cual no es extraño, dada la vastedad de mi ignorancia. Marie Christine me dijo que en España prácticamente no lo conocía nadie, salvo, al parecer, Aquilino Duque y alguna otra rara avis, pero que era un pensador importante. Como buen coleccionista compulsivo, decidí no dejar escapar esa pieza. Y pedí los dos únicos libros suyos que se pueden encontrar hoy en el mercado, ambos editados por Belacqua, El equilibrio y la armonía (L'Équilibre et l'harmonie, 1976) y Una mirada ciega hacia la luz (Notre regard qui manque à la lumière, 1955). De este último copio una pasaje para general conocimiento y pública recomendación:

"El amor verdadero comienza cuando uno se da cuenta de que el amor de las criaturas no existe y que el ser amado no es más que un vaso de agua para nuestra inmensa sed otorgado por el azar en un encuentro fortuito o un tanteo aún vacilante de nuestro ciego impulso hacia lo infinito. Cualquier otro ser podría fácilmente sustituirlo porque para saciar la sed basta cualquier bebida, y con cualquier material se puede tallar un ídolo. La revelación es dura, pero de ese bautismo en la verdad, inmensa y amarga como el océano, vemos resurgir, como una aparición que disipa las apariencias, un nuevo amor hacia las criaturas que ya no debe nada a la necesidad, al azar o a la mentira. Este amor es noble porque ha depurado y separado todos los elementos extraños, invulnerable porque pasa por encima de la muerte y único porque encuentra de nuevo en el ser amado la imagen pura del Dios creador. También aquí la inmortalidad comienza en la resurrección. Pero antes de resucitar hay que morir, y sólo después de aborrecer las cenizas de la nada se paladea el ser.

No amamos a alguien porque sea único, sino que, al contrario, llega a ser único porque lo amamos. Es el amor el que nos eleva a la existencia irreemplazable e inmortal. Es fuerte como la muerte, porque nos libera como ella del tiempo y de las apariencias. Antes de amar y de ser amados, no tenemos existencia verdadera: no somos más que una nebulosa de posibilidades confusas y casi anónimas. El amor nos entresaca de la masa informe y común, del vano torbellino de átomos intercambiables. El amor crea primero dos soledades y luego las une. Todos los bloques de mármol del mundo son más o menos lo mismo, pero cuando Miguel Ángel escoge uno, aunque sea al azar, para esculpir su sueño, a partir de ese instante todo azar queda superado y la forma de la estatua responde a una idea única de Dios eterno. Y la materia y la forma de la obra uedan unidas e inseparables para siempre.

El milagro del amor consiste precisamente en cambiar los elementos que otorga por el azar en dones de la Providencia, revelándolos, a través de las pruebas que van destruyendo todo lo mortal que hay en nosotros, el fulgor divino de un amor irreductible a todos los comunes denominadores de la materia y del tiempo. ¿Cómo llegaríamos a descubrir la inmortalidad escondida en nosotros si no gustáramos del sabor de la muerte?"

Vaya, la noticia no ha sido tan breve.

Seguiremos leyendo a don Gustavo.

6 comentarios:

Olga B. dijo...

Yo tampoco conocía al autor (en mí no es nada raro). No sé si entiendo bien el texto porque me parece contradictorio el principio del primer párrafo y el segundo:
“El amor verdadero comienza cuando uno se da cuenta de que el amor de las criaturas no existe y que el ser amado no es más que (…) un tanteo aún vacilante de nuestro ciego impulso hacia lo infinito” No, ese tanteo somos nosotros, el ser amado es él. Insustituible.
“No amamos a alguien porque sea único, sino que, al contrario, llega a ser único porque lo amamos”. Eso sí, pero seguramente ya era único: lo supimos ver y le amamos.
No sé, yo entiendo el amor hacia los seres humanos como un buen sentimiento, claro, pero sólo lo comprendo del todo de una manera personal: tener el corazón en vilo por alguien, tenerlo de verdad, tanto, que si esa persona desaparece la vida no sea lo mismo. Por ejemplo: de jovencita pensaba que amaría a mis hijos, de alguna manera lo sentía. Ese impulso era bueno pero sólo era una verdad difusa, amaría a cualquier hijo mío. Pero, al tenerlos, ningún hijo sustituye a otro, mi mundo depende de que ellos (personas concretas y ciertas) estén bien o mal o regular.
Lo mismo con el ser amado o incluso con los amigos: personas concretas que me hacen sentir que merecen amor por lo que ellos son, no por lo que yo soy o desee hacer, no por el sueño que yo desee esculpir.
Lamento el rollo, igual ni siquiera lo he entendido bien (seguramente).
Saludos.

E. G-Máiquez dijo...

Mi padre era la otra rara avis. Trabajaba mucho a Thibon. Lo citaba con tanta frecuencia que, cuando acabé leyendo El equilibrio y la armonía, todo me sonaba.
Gracias por el recuerdo y por esta nostalgia. La cita (si buena, mejor que no sea breve) espectacular y sorprendente. O sea, que tengo que leer Una mirada ciega hacia la luz.

Jesús Beades dijo...

Y qué bello y aliterado título, en español: Una mirada ciega hacia la luz. Esa z parece aletear, frotar, espesa como un párpado y su pestaña, que se entreabren con dificultad.

CB dijo...

Tiene también en español un prólogo estupendo a un libro de Rafael Gambra que se titula El silencio de Dios (1968). El libro, una joya (como El lenguaje y los mitos, sobre la manipulación del lenguaje y las conciencias, tan clarividente y actualísimo), lo ha reeditado ahora Ciudadela, supongo que junto con su prólogo.
Me ha encantado la foto, con su jersey de dibujos y esa manera de sujetar el cigarrito, tan de pueblo. Qué conversaciones las de esos dos, don Gustavo y Simone, que de mirarse como bichos raros, pasaron a admirarse y quererse. Quién pudiera oírlos, seguramente a esa mesa o a otra parecida, al anochecer, después del día de trabajo en la granja. Hay mucho de Simone Weil en Thibon y en su discurso sobre el amor: la teoría de la atención, la diferencia entre comer y contemplar...
No sabía de la traducción de El equilibrio y la armonía en Belacqua. Muchas gracias.

Emilio Quintana dijo...

Bueno, ya llegó aquí el polémico.

Este señor me parece pura filfa, la cantidad de chorradas que escribe revela un tipo de discurso muy francés, la vaciedad retórica. Vaya sarta de tonterías.

Enrique Baltanás dijo...

Al revés que sucede con Meléndez, aquí no coincido, Emilio. Pero yo es que aún lo estoy leyendo.