LA FRASE
Sir Arthur Conan Doyle
miércoles, 14 de diciembre de 2011
EL HAMBRE DE LOS FLAMENCOS
viernes, 14 de agosto de 2009
La operación de leer (3 de 3)
Pero, de todos los tipos de lectura que puedan describirse, no es la del crítico la que más me interesa, sino la del lector silencioso y anónimo. Ése que ha ido leyendo libros desde su infancia y adolescencia, a través de sus años maduros, y que se ha dejado herir por su belleza, contagiarse por su sabiduría o… inflarse con sus vanidades, locuras y disparates. Ese lector cuyo mejor retrato, acaso, será su biblioteca. Ese lector silencioso que sólo comenta los libros con sus amigos o con su novio. (Y digo novio porque lector lo he usado siempre no en sentido de masculino estricto sino de masculino genérico, o sea que, como aquí, puede ser también lectora y tener novio).
Ese lector, o lectora, ¿ha leído siempre los mismos libros, quiero decir, de parecido linaje y pelaje? ¿O han ido cambiando sus gustos con el tiempo? ¿Habrá aprendido algo, no habrá aprendido nada? ¿Cómo le han influido esos libros en su vida, y en qué? ¿Y cómo se fueron mezclando, en la probeta de su alma, esas lecturas? ¿Qué nuevo y extraño mejunje habrán destilado? La operación de leer tiene aspectos mecánicos, rigores metódicos, parámetros observables, pero tiene también un misterio que nunca desvelaremos.
[Nota bibliográfica: artículo aparecido en El mirador de los vientos, núm. 3, 2008; hace poco me comunica su director, José Luna Borge, que la revista deja de publicarse por dificultades crematísticas; otro caído más, supongo, de la crisis económica. Habrá brotes verdes, yo no lo niego, pero también hay hojas, y hasta árboles, que caen. Pues que sirva de homenaje al caído.]
jueves, 13 de agosto de 2009
La operación de leer (2 de 3)
En 1928 estrenaron Manuel y Antonio su comedia Las adelfas. Hay en ella una mujer, Araceli, joven y viuda, que sufre alteraciones nerviosas, y que llama a un amigo suyo de la infancia, Carlos, que es médico, para consultarle. En los diálogos entre estos dos personajes sale al relucir el por entonces novedoso tema del psicoanálisis y el nombre del ya muy popular doctor Freud. De ahí los críticos, como en aguerrida legión, extraen que la pieza es una aplicación al teatro de la teoría psicoanalítica e incluso que el tal Carlos es un psicoanalista. Pero un pequeño detalle: en ningún momento de la obra se dice que Carlos sea psicoanalista, sino sólo médico, y médico, además, y esto sí que se afirma expresamente, que hace tiempo que no ejerce su profesión. Habla, pues, del psicoanálisis como pudiera hablar cualquiera medianamente informado. Y no habla, precisamente, en favor. Pero en todos los artículos, ensayos, libros… que conozco sobre Las adelfas se insiste una y otra vez en esto como clave de interpretación de la obra.
lunes, 10 de agosto de 2009
La operación de leer (1 de 3)
La pobreza de nuestro lenguaje consiste en que no contamos con una palabra para cada cosa. Y por eso, casi siempre, la misma palabra vale igual para un roto que para un descosido y, cargada de ambigüedad y de polisemia, la echamos a rodar por el ancho mundo vago de vagas sombras platónicas. Amor, por ejemplo, es palabra multidireccional, que no sólo no significa sino que ni siquiera suena igual según quién la pronuncie, y según en qué circunstancias. En general, las grandes palabras, como justicia, libertad, progreso, Dios… necesitan, para ser explicadas y concretadas, no ya una entrada en el diccionario o en la enciclopedia, sino de gruesos libros y hasta de vastas bibliotecas para perfilar su sentido y reducir o delimitar su alcance, su verdadero y proteico y escurridizo significado.
Lo mismo ocurre con la palabra leer. Un verbo éste, leer, que aparentemente no ofrece mayor dificultad para poder acotar su significación.
Pero ya, en el diccionario mismo, empiezan las dificultades. Prescindiendo de los sentidos figurados, como “leer la palma de la mano” o “parece que me has leído el pensamiento”, nos encontramos con la primera acepción recta: “Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados”. ¿Es eso leer? Claro. Lo que pasa es que leer es, o puede ser, bastante más que eso. La definición del diccionario vale para cualquier texto impreso, lo mismo el Quijote que el manual de instrucciones de la lavadora o el prospecto explicativo de un fármaco. Es una definición mecánica y superficial, y también una definición insuficiente, porque, aparte de dejar fuera a los ciegos, que no pasan la vista sino los dedos, ¿qué querrán decir con eso de “la significación de los caracteres empleados”? ¿Que se entienden las letras juntas, o sea, que la m con la a, ma? ¿Que se entienden las palabras? ¿Las frases? ¿El texto en su totalidad de intención? ¿Y hasta qué punto se comprende el texto y cómo se puede medir el grado de comprensión que alcanza un determinado lector? Supongo que aquí entra la variante que pudiéramos denominar “dificultad objetiva del texto”. Habrá textos sencillos, transparentes, porque apenas contengan ninguna dificultad léxica, sintáctica o conceptual. Otros, por el contrario, resultarán difíciles, como
La dificultad objetiva del texto no es cosa baladí, sobre todo cuando se trata de la cuestión de la lectura en la enseñanza. Ahora sabemos, según nos advierten informes y estadísticas de organizaciones internacionales, que nuestros estudiantes apenas si comprenden lo que leen. Pero habría que saber qué leen, es decir, cuán fáciles o difíciles son los textos que se les dan a leer. Por lo que uno va viendo en las aulas, que para eso es del gremio, cualquier novela de la generación del 98 se les hace ya cuesta arriba a nuestros adolescentes (a un no pequeño número, por lo menos), y se quejan, se me quejan, de que les hago leer cosas muy difíciles y antiguas. De leer el Cantar de Mio Cid en su texto original, por supuesto, ni hablamos. Veo que cada vez más profesores de eso que un día se llamó enseñanza media, y que ahora no es más que una enseñanza primaria con pretensiones (y con pocos resultados, claro: para este viaje no hacían falta alforjas) se inclinan por los clásicos modernizados o arreglados en versiones jibarizadas e incluso por la “literatura juvenil”, sea eso lo que sea. Yo, por el momento, resisto. Y no soy el único.
Pero no siempre la dificultad objetiva del texto es el único obstáculo que se levanta ante el lector. Porque leer, según el diccionario, presenta otra acepción: leer es también “entender o interpretar un texto de determinado modo”. Es decir, que leer, sobre todo cuando de un texto humanístico o literario se trata, supone interpretación y crítica por parte del lector. El lector no es pasivo, no es tabula rasa, sino alguien que descifra, relaciona, coteja, re-crea de algún modo el texto. Julio Cortázar puso de moda la abracadabrante distinción entre el “lector hembra” y el “lector macho”. Luego, ante las airadas protestas de las feministas, y ante las sordas sonrisas de los que saben, tuvo que cantar la palinodia. El lector hembra era aquel que quería simplemente que le contaran una historia, y dejarse seducir, embrujar, raptar por ella. En cambio el lector macho (se supone que el lector ideal de la cortazariana Rayuela) era aquel que recreaba el texto, lo construía y era así algo como coautor. Ni que decir tiene que Cortázar no hacía más que hacerse eco de las novedades parisinas del estructuralismo y la deconstrucción, cuyas luminarias más célebres, por más osadas, fueron Foucault y Derrida.
(To be continued)
domingo, 19 de julio de 2009
Con el latín saldría más barato
sábado, 11 de julio de 2009
La aljofifa
Una de esas palabras mágicas es la palabra aljofifa. Escribe uno aljofifa (pronúnciese algofifa), y la memoria se le vuelve a uno muchos años atrás y ve, en la borrosa y a la vez nítida pantalla del recuerdo, un patio rodeado de macetas de aspidistras y geráneos, un zaguán, una sala y una alcoba, un cuarto de camilla... y aproximando el zoom (pronúnciese zum) de la memoria ve uno ladrillos de taco, baldosas de barro, suelos de holambrilla... Y sobre ellos ve unas mujeres arrodilladas, con un cubo de zinc a la diestra y un taco de jabón verde, y un estropajo a la siniestra. Estas mujeres reposan sus rodillas sobre un cajoncillo de madera, cuya dureza amortigua un trozo de bayeta o un cojín, y refriegan con brío, una y otra vez, con un paño de lana basto de color grisáceo, el suelo ante el que permanecen genuflexas. Este paño de lana basto de color grisáceo es la aljofifa. La humilde, la húmeda, la retorcida y sobada aljofifa.
La aljofifa nos sigue abriendo puertas en el sobrado (pronúnciese soberao), al que hemos mandado los tratos inútiles del pasado, los viejos enseres del recuerdo. Y allí están los braseros de cisco picón, las alambreras que nos protegían de sus brasas, las badilas de echar la firma y de echar también, de vez en cuando, si la ocasión lo requería, miradas clandestinas. Allí también la tina de los baños semanales, las orzas de barro para guardar las aceitunas aliñadas, las cántaras de aceite, las palmatorias para cuando se iba la luz eléctrica, la enorme radio con las lámparas y la cretona cubiertas de polvo, la carrucha del pozo, el aguamanil del dormitorio y los anafres de la cocina... Todas estas piezas del ajuar doméstico y otras que ahora no vemos porque deben de estar ocultas en alguna otra estancia del recuerdo constituyen, constituían, el paisaje hogareño de la aljofifa.
La aljofifa era cosa de mujeres. Parecía que para restregarla por el suelo y luego mojarla en el cubo y retorcerla con las manos había que tener un tacto femenino, no exactamente delicado, pero sí femenino. Ver a las mujeres arrodilladas, dando esos meneos para exprimir el agua de la aljofifa, era todo un espectáculo que nada tenía que envidiar en éxtasis y ensueño a muchos sex-shows (pronúnciese sehchou) que, luego hemos padecido. El compás de la aljofifa marcaba el rítmico movimiento de los senos entrevistos, de las caderas dibujadas sobre el delantal, de las nalgas prietas de la mujer de pueblo, de las pantorillas firmes que se descubrían al alargarse la mujer para alcanzar más lejos con su aljofifa. Cuántos hijos de buena familia no habrán perdido la cabeza y algo más con la contemplación de una buena moza manejando hábilmente su aljofifa. Cuántos no se habrán torturado con la expectativa de las penas eternas del infierno:
—Padre, me acuso de que esta tarde, al ver a la criada fregando el suelo, he tenido malos pensamientos.
—¿Sólo pensamientos?
—Sí, padre, por desgracia sólo pensamientos (lo de 'por desgracia' se entiende que es pensado, no dicho).
Para los varones puede que aquello fuera una visión deleitosa, pero para las mujeres era una trabajera enorme. Ya venían encorvadas de la colada, de refregar en la pila del corral, de hervir la ropa blanca en el fogón, y ahora tenían que arrodillarse y hundir sus manos en el agua fría.
Pero un día estas mujeres gracias a un inventor español se pusieron de pie, y ya no han vuelto a arrodillarse más. Era, años sesenta, la fregona. Al inventor de la fregona habría que levantarle un monumento. Pero, lo que son las cosas, ni siquiera sabemos su nombre. Uno tiene leído, sin que ahora sepa exactamente dónde, que era español, militar del Arma de Aviación, pero ignora por qué caminos llegó a ocurrírsele la idea. Por lo que siente uno verdadera satisfacción es porque esta contribución a la alta tecnología doméstica luzca legítimamente autoría española.
En cambio, como aficionado a las cosas del lenguaje, aficionado nada más, lo que uno siente es que la fregona haya encerrado en el baúl de los arcaísmos inútiles este vocablo de hondas resonancias andaluzas: aljofifa (si se es andaluz, pronúnciese algofifa). Cosas del progreso. Tal vez haber llamado a la fregona aljofifa a distancia o aljofifa telescópica hubiera sido pasarse. Así está bien.
La aljofifa era cosa de mujeres. En cambio, la fregona es completamente unisex. A mí me gusta la aljofifa, esa palabra tan evocadora, sobre todo cuando escribo artículos nostálgicos. Pero, lo confieso, cuando me toca fregar el piso de mi apartamento, prefiero la fregona.
(El Correo de Andalucía, 11 de octubre de 1994)