LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle
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jueves, 28 de abril de 2011

ORTEGA Y UN TAL RAMÍREZ

De Ortega ya sabemos todos. Pero, ¿y de Ramírez? ¿Qué sabemos de ese tal Ramírez, que en 1958 publicó un libro titulado La filosofía de Ortega y Gasset? Libro que, por cierto, es una magnífica exposición de la filosofía de Ortega, al tiempo que una, por así decir, deconstrucción de la misma.
La primera parte del libro es una detenida síntesis, o resumen fiel, con abundantísimas citas, de las ideas filosóficas de Ortega. La segunda, somete a Ortega a una doble crítica: desde la misma razón y desde la fe y la teología católica.
Detengámonos un momento, más bien que en el segundo, en el primer aspecto: "Las ideas filosóficas de Ortega vistas desde la misma filosofía". Aquí, hablando de la famosa fórmula orteguiana de "yo soy yo y mi circunstancia", comenta Ramírez:
"Con este hallazgo -piensa Ortega- quedan superados definitivamente el realismo y el idealismo o subjetivismo: aquel, porque daba la prioridad a las cosas sobre el 'yo'; este, porque daba prioridad al 'yo' sobre las cosas. Ambos quedan liquidados en lo que tienen de absolutos y negativos; pero a la vez quedan integrados en lo que tienen de positivos  y relativamente verdaderos: yo y las cosas juntamente y con igual derecho, "ex aequo".
Según esto, la fórmula 'yo soy yo y mi circuntancia' equivale puntualmente a esta otra: 'yo soy yo y el puro otro'. Y como el puro otro es lo que no es el yo, y el yo es lo que es él mismo, resulta esta otra forma equivalente: el yo es él y lo que no es él, o sea: yo soy lo que soy y lo que no soy, o también: yo soy el que soy y el que no soy. Porque entre las circuntancias no solamente se encuentran las cosas que nos rodean, sino también los hombres o personas de nuestro alrededor con quienes convivimos.
Expresión contradictoria en sí misma, porque el segundo predicado -la circunstancia= el puro otro, lo que no es el yo- niega y anula el primero -yo= el o lo que es el yo, yo mismo, el puro yo-. Exactamente igual que, si personificando a un círculo, pusiéramos en su boca este enunciado: yo soy un círculo cuadrado.
Y no se sale del atolladero diciendo con Ortega que la circunstancia es la otra mitad de mi persona, o que el puro otro es la mitad de mi yo. Porque en esta proposición, 'yo soy yo y mi circunstancia', o el primer predicado 'yo' tiene exactamente la misma significación y extensión que el sujeto 'yo', o no la tiene. Si la tiene, no se le puede añadir el segundo predicado 'y mi circunstancia', a no ser que incluyamos esa misma circunstancia en la significación y extensión del 'yo'; en cuyo caso, la fórmula orteguiana 'yo soy yo y mi circunstancia' se traduciría literalmente así: 'yo y mi circunstancia somos yo y mi circunstancia'. Pura tautología, que además de no decir nada, no merecía los esfuerzos hercúleos del filósofo madrileño para dar con ella."
Ya se ve porque hablábamos de auténtica deconstrucción de las ideas filosóficas de Ortega.
Pero la obra de Ramírez, del P. Santiago Ramírez, O. P., ha quedado arrumbada, oscurecida y casi desaparecida de la bibliografía sobre Ortega. ¿Quizás por la condición de dominico de su autor? ¿O fue por la polémica suscitada con motivo de la aparición de su libro, al que inmediatamente replicaron Laín Entralgo, Julián Marías, Maravall y José Luis Aranguren, entre otros?
El P. Ramírez se vio obligado a responder a sus oponentes en sendos libros posteriores: ¿Un orteguismo católico? Diálogo amistoso con tres epígonos de Ortega: españoles, intelectuales y católicos y La zona de seguridad. Rencontre con el último epígono de Ortega, este último como respuesta al de Julián Marías, El lugar del peligro. Una cuestión disputada en torno a Ortega.
Sobre este polémica escribió en tono triunfante e inconcuso en su libro Pensamiento español. 1939-1975 (Madrid, EDICUSA, 1978) Elías Díaz
El libro del padre Ramírez tuvo, sin embargo, cumplida y adecuada respuesta por parte de esos discípulos católicos de Ortega [...] de manera muy primordial, la simplificación, deformación y mal entendimiento en que éste incurría al exponer y condenar el pensamiento orteguiano. Aranguren señalaba explicitamente como conclusión de su crítica al padre Ramírez: 'Acostumbrarnos a entender antes de condenar es una de las cosas que más necesitamos los españoles'
Un capítulo olvidado de la pequeña historia de la filosofía española, o una polémica inevitablemente teñida de rifirrafe político, en la que los verdaderos problemas filosóficos se dejaban aparcados, al arrimo de la tolerancia y del diálogo, entonces, y ahora, tan en boga. Una nota a pie de página en la historia polémica de la filosofía española. Y es lástima. Una verdadera lástima que nadie recuerde ya el libro -o los libros- de Santiago Ramírez, O. P. 
Porque deconstruir a Ortega, aparte los hallazgos metáforicos de su prosa excelente, no era, no es, asunto de poca monta ni cosa baladí.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Ideomaquias

Las ideas se tocan.

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La ideolojía es una lluvia de hojas de perejil juanramoniano.

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Platón era de ideas.

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Las ideas son los átomos del espíritu.

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Las grandes ideas se transmiten por el aire, como el polen o como los virus.

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La ideología es eso que nunca nos hemos parado a pensar.

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Dos que duermen en un mismo colchón se vuelven de la misma opinión: ¿no será al revés, que por compartir la misma opinión han decidido compartir el lecho?

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Una idea vale lo que vale el hombre que la sustenta.

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Unamuno era un púgil que entrenaba con un saco de ideas.

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Ninguna idea merece el sacrificio de una vida humana. Desde luego… pero, ¿qué valor tendría nuestra vida sin ideas por las cuales, llegado el caso, valga la pena morir?

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No ser hombre de una sola idea: de demasiadas, tampoco.

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El amor es la única idea que va unida a un cuerpo.

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Para cortejarlas, Ortega, a lomos de su Bugatti, llevaba a almorzar en el golf a sus ideas faldicortas, peinadas a lo garçon y perfumadas con Chanel.

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Las palabras son restos fósiles de ideas sepultadas por el tiempo.

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Los filósofos son coleccionistas de ideas.

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Con la madeja de tres o cuatro ideas, Azorín hacía la calceta interminable de sus libros y artículos.

(A su lado, en la mesa camilla, don Ángel Cruz Rueda, brazos en alto, le servía de devanadera).

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«¡No tengo ni idea!» ¡Pero eso es precisamente de lo que nadie carece!

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La señora de Hegel, cuando se enfadaba con su oíslo: ¡Anda, y vete con tu Idea!

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Las ideologías son tejidos de ideas con costuras de caprichos.

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Constituyen las ideas las raíces ocultas de los hechos.

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El inventor del pegamento Imedio debió de ser un hombre de ideas fijas.

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Cuando marchan a velocidad normal, las ideas se discurren; en cambio, al acelerarse, se ocurren.

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Gracias a la fuerza de la inercia, como sucede en física, las ideas avanzan más veloces… en una mente vacía.

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Ideología: manera fácil de no enterarse uno más que de aquello que le convenga.

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El idealismo es una inflamación en las ideas.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Desde fuera

Hoy se ponen de acuerdo los dos principales suplementos, tanto Babelia como ABCD, en reseñar Desde fuera, el espléndido nuevo libro de Álvaro Valverde. Firman las reseñas, respectivamente, Antonio Ortega y Luis García Jambrina. La mía aparecerá en Clarín antes de que acabe el año. No habrá sorpresas: también será elogiosa.
Ya sé que la unanimidad es sospechosa, pero toda regla tiene su excepción.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Sólo quedó uno

En los diarios de guerra en el Madrid republicano (España sufre, editorial Renacimiento, 2008, prólogo de Andrés Trapiello) de Carlos Morla Lynch, puede leerse (anotación del cinco de agosto del 36):
"Hace días los periódicos publicaron un manifiesto firmado por los más excelsos intelectuales: Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Marichalar, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, etc., protestando de la rebelión y colocándose resueltamente al lado del Gobierno".
Fijémonos en los nombres de estos "excelsos intelectuales". De la lista que da Morla, sólo uno se quedó en España, en el bando republicano. Y todos, excepto Juan Ramón, salieron echando pestes de aquella República. Jiménez permaneció fiel a la idea republicana, pero a la debida distancia, porque acercarse a la fiera resultaba peligroso, como pudo comprobar por él mismo en el Madrid miliciano.
Tampoco estaban Baroja, ni Azorín, ni por supuesto Unamuno o Eugenio D'Ors...
Sólo quedó, les quedó, uno: Antonio Machado.

viernes, 11 de julio de 2008

La energía potencial

"En el socialismo y en el comunismo está almacenada la energía potencial del futuro próximo."

¿A quién pertenecen estas palabras? ¿A Largo Caballero? ¿A Andrés Nin? ¿A Enrique Líster? ¿A la Pasionaria? ¿A Max Aub? ¿A Rafael Alberti?

No: a Ramón Pérez de Ayala.

Las cita Andrés Amorós en el prólogo de su edición de Tigre Juan y El curandero de su honra (Madrid, Castalia, 1980).

Supongo que esas palabras son anteriores a 1936, pero no demasiado.

Si las copio aquí es por poner otro ejemplo de la enorme fascinación que la idea del socialismo ejerció sobre nuestros intelectuales (Unamuno, Ortega... pero también Chesterton o Péguy...).

Y de esa energía potencial, ¿qué se fizo? Ésa es otra historia.

martes, 3 de junio de 2008

La musaraña ilustrada

La musaraña, atrapada en un instante, no hace mucho, dice:

Toda filosofía progresista parte necesariamente de esta petición de principio: la naturaleza no existe... Y, si existe, ya la modificaremos.

Pero la volatería, en realidad, no es punto de partida, sino de llegada. No se sabe a través de qué vericuetos. Yo nunca había leído esta frase de Ortega, ni falta que hacía, porque las ideas se transmiten por el aire, por ósmosis, por contagio, por..., sí, incluso por lectura. Así, la musaraña vuela sola, no la necesita, pero también puede llevar ilustración, demostración, prueba, escolio. La ilustración, la glosa, la nota a pie de página, o a pie de musaraña, es ésta:

"El hombre es una entidad infinitamente plástica, de la que se puede hacer lo que se quiera. Precisamente por ella no es de suyo sino mera potencia para ser como usted quiera" (en Historia como sistema).
Y, sí, otra vez Ortega. Y no será la última.

jueves, 29 de mayo de 2008

Ortega, apóstol de la educación para la ciudadanía

El 12 de marzo de 1910, José Ortega y Gasset dicta la célebre conferencia en la Sociedad "El Sitio" de Bilbao, "La pedagogía social como programa político". Así hablaba Ortega:

"Si la educación es transformación de una realidad en el sentido de cierta idea mejor que poseemos y la educación no ha de ser sino social, tendremos que la pedagogía es la ciencia de transformar las sociedades. Antes llamamos a esto política: he aquí, pues, que la política se ha hecho para nosotros pedagogía social y el problema español es un problema pedagógico".

Y añade:

"Claro está que, para mí, escuela laica, es la instituida por el Estado. Contradiría cuanto he dicho, admitir la libertad de enseñanza que hoy tan aguerridamente toman como bandera los anarquistas conservadores apenas el Estado trata de inmiscuirse en la enseñanza ya privada.

Para un Estado idealmente socializado lo privado no existe, todo es público, popular, laico. La moral misma se hace íntegramente moral pública, moral política: la moral privada no sirve para fundar, sostener, engrandecer y perpetuar ciudades; es una moral estéril y escrupulosa, maniática y subjetiva. La vida privada misma no tiene buen sentido: el hombre es todo él social, no se pertenece; la vida privada, como distinta de la pública, suele ser un pretexto para conservar un rincón al fiero egoísmo, algo así como esas hipócritas Indians’ Reservation de los Estados Unidos, rediles donde se encierran los instintos antisociales de una raza caduca.

No compete, pues, a la familia ese presunto derecho de educar a los hijos: la sociedad es la única educadora, como es la sociedad único fin de la educación: así se repite en las aplicaciones legislativas concretas la idea fundamental de la pedagogía social: la correlación entre individuo y sociedad."

La ventaja de Ortega es que lo dice todo muy clarito. Y luego cuentan que este hombre era liberal. O que Zapatero es un indocumentado.

miércoles, 3 de octubre de 2007

El pensamiento único

Quien inventó la expresión “pensamiento único” echó a rodar por el mundo una moneda falsa de pobrísima aleación. Porque si hay algo que no pueda ser único, desde que el mundo es mundo, es el pensamiento, que no tiene otro remedio que desdoblarse y pensar en lo otro cada vez que piensa en lo uno. Ya los griegos, y a partir de entonces todos tras de ellos, tuvieron los partidarios del “todo fluye” y los partidarios de la quietud y la negación del movimiento. Y no se trata de líneas paralelas, que nunca se toquen, sino de líneas que se cruzan, dando lugar a nuevas dualidades y matizaciones. Es la ortodoxia la que genera la heterodoxia, y es la heterodoxia (“por asco de la greña jacobina”) lo que nos lleva a aferrarnos a la ortodoxia.

En toda la historia del hombre jamás ha habido un solo momento de asentimiento unánime y universal. Los mismos temas, las mismas preguntas, las mismas aporías, los mismos dilemas nos torturan, desesperadamente, siglo tras siglo. Heráclito y Parménides siguen vivos, y siguen sin ponerse de acuerdo. Ambos cambian de nombre (Kant, Berkeley, Vico, Ortega…) pero siguen debatiendo lo mismo. De lo mismo. Sin acuerdo.

No es posible el pensamiento único. Quizás la peor condena de Adán y su linaje fuera ésa: por los siglos de los siglos condenados a no entenderse, a no compartir. Ni siquiera las ideas.

Y eso que hubo Alguien que nos lanzó su desafío: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida."

Aparentemente, no ha servido para mucho. O sí.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Moros y cristianos


Sobre el polémico (vocacionalmente polémico, podríamos decir) libro de

Emilio GÓNZÁLEZ FERRÍN, Historia general de Al Ándalus. Europa entre Oriente y Occidente. Córdoba, Almuzara, 2006, 605 páginas.

prepublicamos en rigurosa exclusiva, por gentileza de su autor, el profesor de la Universidad de Huelva Alejandro García San Juan, la reseña que del mismo aparecerá en la revista Medievalismo, órgano de la Sociedad Española de Estudios Medievales (otra versión del asunto se puede ver aquí):

"Desgraciadamente, los historiadores profesionales estamos acostumbrados al vapuleo al que es sometida nuestra disciplina desde los más variados sectores. Durante las dos últimas décadas, las autoridades educativas sehan encargado de reducir a un nivel meramente testimonial la presencia de la Historia en los Planes de Estudio de la Enseñanza Secundaria y del Bachillerato, mientras que, desde el ámbito editorial, se nos bombardea de manera insistente con productos que, en ocasiones, bajo el disfraz de novedades historiográficas, ocultan una más que dudosa intencionalidad. De esta forma, el conocimiento histórico sigue siendo un ámbito, al parecer, abierto, al que cualquiera parece tener acceso sin importar su formación, méritos o trayectoria profesional, sea o o académica. Lo que es cierto respecto a la Historia, en general, se verifica en los últimos tiempos con acentuada gravedad respecto a la Historia Medieval, ya que el conflicto que en aquellos siglos mantuvieron musulmanes y cristianos ha sido tomado como punto referencial al que acuden, con diferentes
propósitos y puntualidad invariable, los púgiles que en la actualidad combaten en el cuadrilátero del llamado ‘choque de civilizaciones’, la nueva ideología que, a comienzos de los noventa, certificó el fin de la Guerra Fría. En este campo de batalla combaten, de un lado, los que
demonizan al islam como ideología oscurantista, discriminatoria, intolerante y fanática, enfrentados a los que, sin duda de forma loable, tratan de contrarrestar la islamofobia rampante, aunque por desgracia los argumentos empleados disten siempre de ser asumibles.

El libro que reseñamos se inserta de pleno en esta vorágine de inmisericorde destrozo del conocimiento histórico, en concreto del pasado medieval de la península Ibérica. Su autor procede del mundo académico del Arabismo, disciplina que, desde sus orígenes en el siglo
XIX, ha estado estrechamente ligada al estudio de al-Andalus, si bien no es tal el caso que nos ocupa, pues su trayectoria lo aleja por completo del ámbito de los estudios andalusíes, como atestigua la propia Bibliografía final, donde no se incluye una sola publicación que acredite su experiencia en la citada disciplina. Nos enfrentamos, pues, a un producto bibliográfico que, por desgracia, abunda en nuestros días, el del supuesto libro de Historia cargado de ínfulas y pretensiones escrito por aficionados que, lejos de aportar nada significativo al conocimiento histórico, contribuye a divulgar entre el público más variado falacias, mitos y pamplinas. Digo supuesto libro de Historia debido a que, en realidad, el propio autor define su trabajo (página 14)
como ‘ensayo de Historiología’ (?) que trata de ‘pulir y hacer encajar elementos que nos muestren la estructura, las leyes y las condiciones de esa realidad histórica llamada Al Ándalus’.

Con semejante definición, lo primero que llama la atención es la total inadecuación entre el contenido del libro y su título, ya que, en lugar de una /Historia general de al-Andalus/, entendido como manual u obra dereferencia básica, lo que se nos presenta es un ensayo filosófico, género transitado con anterioridad por el autor en otros trabajos. En lugar de una síntesis actualizada y documentada de la historia de al-Andalus, nos enfrentamos a un ensayo que, lejos de la claridad exigible a una obra destinada a un público no especializado, exhibe una
espesura conceptual de una densidad tal que resulta estrictamente incompatible con cualquier atisbo de divulgación del conocimiento histórico. Por dicho motivo adelanto que no es, desde luego, un libro recomendable para alguien que desee iniciarse en el estudio de al-Andalus pues, aparte de otros defectos, su planteamiento y su estilo son de una pretenciosidad difícilmente digerible incluso para elespecialista.

Dos son los rasgos que definen la actitud de nuestro ensayista ante el conocimiento histórico, que bien pueden reducirse a uno: la absoluta falta de rigor. Ello se manifiesta tanto en su insólita utilización de los testimonios históricos como en su peculiar forma de entender la historiografía. Ambos aspectos nos remiten al perfil profesional del autor, un filólogo-ensayista que muestra una total ausencia de familiaridad con las formas de trabajo de los historiadores y, lo que es
peor, un desdén hacia el trabajo de los mismos que sólo sirve para constatar su honda ignorancia en la materia. Me limitaré, a continuación, a citar algunos ejemplos que permitirán para poner de manifiesto la escasa credibilidad del autor, dada su manifiesto desinterés por las fuentes históricas y su absoluta ignorancia de los debates historiográficos habituales entre los especialistas, ausentes por completo del libro.

Empecemos primero por los testimonios históricos, las fuentes, cuyo exhaustivo análisis es el fundamento de la práctica historiográfica, mal que le pese a nuestro ensayista. Aquí los planteamientos del autor son, sencillamente, escalofriantes, teniendo en cuenta que estamos ante un libro que pretende ser de Historia, aunque está lejos de conseguirlo. Primero, en la mente del filólogo-ensayista, la Historia no es Ciencia, es Arte, según deja a las claras la cita que coloca como pórtico al libro. Más aún, como en cada materia ‘todos manejamos las mismas
fuentes’, lo único que nos diferencia es que ‘proyectemos opinión’ (página 14). En fin, el autor no duda en confesar que ‘no se comprende un pueblo a través de las fuentes documentales’ (página 25). Con esta actitud hacia los testimonios históricos, no extraña que el autor considere que los medievalistas son ‘antes que nada legajistas’ (página 259). De esta manera, cómodamente instalado en la nefanda democracia de las opiniones (da igual en qué se basen) y en su pose
posmoderna y ensayística de desdén por los testimonios históricos (que no sirven para ‘comprender a un pueblo’), el autor postula, nada menos,una novedosa interpretación del pasado andalusí. Lejos de eso, bajo tanta pose pretenciosa, lo que subyacen son viejos planteamientos, que resurgen al calor de las nuevas circunstancias, como veremos más adelante.

Con tales presupuestos, no es de extrañar que el autor exhiba un más que peculiar concepto de la heurística, actitud que recorre todo el libro, si bien me limitaré a dar algunos ejemplos relativos a la parte dedicada a la conquista musulmana de la Península, donde podemos encontrar ‘perlas’ como la siguiente: ‘todo cuanto podamos afirmar sobre Al Andalus y el Norte de África hasta bien entrados los años 800, es pura recreación cinematográfica’. Pero aunque las fuentes documentales no le sirven para nada, pues ni las cita ni las critica, no duda en lanzar
afirmaciones del tipo ‘Taric es –probablemente- un aventurero más, en su caso de ascendencia vándala’ (página 178). Cabría preguntarse en qué se basa para ello, si, como hemos visto, las fuentes documentales y literarias no le sirven para nada. Sin haber publicado jamás ni solo
estudio sobre temática andalusí, el autor no se priva de pontificar sin complejos sobre uno de los episodios más difíciles de nuestra historia, despreciando con olímpica deportividad el trabajo realizado por arabistas, historiadores y arqueólogos. Qué más da, si, en el fondo, todo es cuestión de ‘proyectar opiniones’, de ‘comprender a un pueblo’ y de preferencias, como el propio autor confiesa, según veremos más adelante.

Como ya se habrá intuido, en relación con el tema de la conquista musulmana nuestro autor es tributario de un viejo conocido, Ignacio Olagüe, autor del célebre libro La revolución islámica en Occidente, Biblia actual de los panegiristas de al-Andalus, que ha conocido un inusitado apogeo en los últimos tiempos como vademécum de cabecera para indocumentados, novelistas y otros despistados, si bien creo que, por vez primera, encuentra eco en un trabajo procedente del ámbito académico. No es este el lugar para insistir en el gran disparate que, en conjunto, es ese libro, entre otras razones porque ya en 1974 lo hizo con toda rotundidad P. Guichard hace más de treinta años (“Les arabes ont bien envahi l’Espagne. Les structures sociales de l’Espagne
musulmane”, /Annales ESC/, 6, 1974, páginas 1483-1513; versión castellana en /Estudios sobre historia medieval/, Valencia, 1987, páginas 27-71) y más recientemente ha insistido en ello M. Fierro “La historia islámica de la península Ibérica”, /Revista de Libros/, 109 (enero 2006), pp. 3-4, a raíz de la reciente re-edición del texto de Olagüe. Sin embargo, no está de más recalcar que el autor confunde a sus lectores al afirmar que ‘el único documento’ de la época de la conquista es el famoso tratado de Teodomiro (página 71). Soslaya, así, los testimonios arqueológicos y numismáticos que documentan el proceso histórico de la conquista musulmana, ya conocidos desde hace mucho tiempo y que han vuelto a ser recientemente analizados por Eduardo Manzano en Conquistadores, emires y califas (Barcelona, 2006, páginas 42-44 y 55-70), los cuales se complementan con las narraciones de las fuentes cronísticas. Es cierto que el autor menciona los dinares bilingües, si bien en su peculiar interpretación no constituyen ‘una
especificidad estrictamente andalusí, sino una cierta continuidad en lo hispano’ (página 194). Parafraseando al propio autor, aunque ya sabíamos que la escuela de los Banu Olagüe no ha dejado nunca de tener adeptos, lo realmente novedoso, y preocupante, es que los esté ganando en el ámbito académico del Arabismo.

Si la querencia por Olagüe no fuera suficiente para demostrar su falta de rigor, me remito a otra inédita noticia que el autor nos descubre en esta ‘genial’ obra. Sabemos que el emir Muhammad I, fundador de la dinastía nazarí, colaboró con un contingente (cuantificado por las crónicas cristianas en 500 caballeros) en la conquista de Sevilla. Pero lo espectacular reside en que el autor llega a cifrar dicho contingente, con una precisión milimétrica, en un 62% de las fuerzas de Fernando III. Si se hubiera molestado en leer a los especialistas, por ejemplo alguno de los muchos trabajos dedicados a la temática bélica y militar en la Castilla bajomedieval por F. García Fitz, sabría que el ejército de Fernando III que asedió Sevilla se componía, entre otros contingentes, de unos 200 hombres (caballeros y ballesteros) de la mesnada real, 2.000
caballeros y entre 6.000-8.000 peones aportados por ricos hombres e infantes, 150 freires, un número igual de caballeros y 400 peones de las Órdenes Militares. En total, una fuerza de entre 3.000 y 4.000 caballeros y 8.000 y 10.000 peones…suponiendo que la cifra de 500 caballeros musulmanes fuera cierta, distaría muy mucho de suponer ese elevadísimo porcentaje. Son los inconvenientes que genera la ignorancia, voluntaria, de las fuentes y la bibliografía especializada.

Y es que, en efecto, no menos delirante que su peculiar heurística es el uso que hace de la producción historiográfica. Sería largo, y vano, una crítica pormenorizada de un libro tan escasamente riguroso que los títulos de la bibliografía final se relacionan por orden de aparición
(?), insólito sistema que dificulta el propósito de averiguar en qué mimbres pretende haberse basado el autor. Peor aún, no duda en proclamar (página 66) su adhesión a cuatro autores (J. Vernet, J. Vallvé, P. Martínez Montávez y Mª J. Viguera) que han abierto ‘ricas vetas’,
ignorando, como vamos a ver, a los principales especialistas actuales en la materia (con todos mis respetos para los cuatro autores citados).
Pero lo inaudito del caso es que el autor, sin sonrojo alguno, confiese que dicha querencia procede de meras ‘preferencias personales’, extraordinario ejercicio de rigurosidad científica que denota a las claras su talante ensayístico, máxime cuando ni siquiera se molesta en dar los argumentos de tal preferencia, ¿para qué?, si en el fondo todo es cuestión de gustos, como él mismo sostiene de forma retórica. De esta forma, tales preferencias, basadas en ignotos argumentos, lo conducen a soslayar los nombres de algunos de los investigadores que han realizado contribuciones más significativas al ámbito de los estudios andalusíes en las últimas décadas, tales como M. Acién, P. Chalmeta, M. Barceló, T. F. Glick o E. Manzano, por mencionar sólo algunos, mientras que otros aparecen referenciados de forma meramente testimonial, como P. Guichard o M. Fierro, algo que sería más que suficiente para suspender un trabajo de curso a un alumno de licenciatura. Asimismo, al narrar el proceso de conquista de Andalucía, prescinde por completo de los estudios clásicos de medievalistas como A. Ballesteros o J. González, así como de los más recientes de M. González Jiménez o F. García Fitz, lo que da idea, nuevamente, de su escasa rigurosidad y de su total desinterés por la bibliografía especializada. En cambio, aparte de sus cuatro ‘preferencias’, sí menciona con profusión a Lévi-Provençal (no Levy-Provençal) y Sánchez-Albornoz, lo que permite comprender el nivel de actualización bibliográfica del libro. De esta forma, en lugar de los aburridos estudios de los especialistas, el ensayista prefiere remitirse a filósofos y novelistas como Carlo Ginzburg, Eugenio Trías, Skármeta, Bertrand Russel, Ortega y Gasset, Heinrich Böll y Antonio Tabucchi, junto a otras citas no menos peregrinas, como Jenofonte (?). Así pues, no sólo no contribuye con ninguna novedad a los estudios andalusíes, sino que, además, ignora las principales aportaciones ajenas, lo que sólo sirve para devaluar aún más, si es que es posible, el libro.

Pero la falta de rigor no es el único defecto apreciable en este libro. Como decía antes, bajo la apariencia de la interpretación novedosa se ocultan, en realidad, los más rancios planteamientos, tan caducos que hoy ya nadie se preocupa por refutarlos, lo que, al parecer, favorece su reaparición. En este sentido, su preferencia por Olagüe, muy querido y valorado a finales de los setenta por los acuñadores del discurso historiográfico nacionalista andaluz, nos ayuda a comprender otras de las ideas que subyacen al libro, el más trasnochado continuismo, trufado
con desenfadados paralelismos y saltos en el tiempo. Así, los cánones de Elvira anteceden a la iconoclastia islámica (página 124), los estados taifas son tan renacentistas como las ciudades italianas (página 389), el derecho /mālikí/ andalusí ‘avanzó por sus propios fueros específicos’
(página 256), las invasiones norteafricanas remachan definitivamente ‘la especificidad andalusí’ ya que las mismas son meros ‘fenómenos exógenos que afectan a lo andalusí… pero que no provienen de casuística andalusí’ (páginas 437 y 445). Las solemnes declaraciones continuistas se suceden de forma invariable a lo largo de todo el libro (página 489). La evolución histórica de al-Andalus se reduce así, en la mente del filólogo-ensayista, a una mera sucesión de eclosiones ‘locales’. A estas y semejantes insustancialidades se reduce el libro que, en realidad, no
es más que un regreso al discurso esencialista-continuista de las identidades, que continúa aquí su errático devenir, iniciado en el siglo XIX: para Simonet, al-Andalus era la anti-España, para Sánchez-Albornoz era España, para los nacionalistas andaluces era Andalucía. Ahora se nos
quiere vender que ‘Al Ándalus’ no fue una sociedad islámica, sino un componente de Europa, porque contribuyó de forma decisiva al Renacimiento (p. 488). Una vuelta a la filosofía de la Historia en la que conceptos historiográficos tan elementales como feudalismo, sociedad
tributaria, clases sociales o reconquista no tienen la menor cabida.

Pese a todo lo que llevamos dicho, alguien ha puesto en la contraportada del libro lo siguiente: ‘estamos ante una de las obras más importante (sic) que sobre Al Ándalus se han escrito’. Ignoro el nombre del anónimo vidente capaz de prever el impacto historiográfico de un libro antes incluso de su publicación. En cualquier caso, sería preferible que los responsables de la edición hubieran sido más prudentes y esperasen el juicio de los especialistas. Por mi parte, siento disentir de tan pomposa opinión. Bien pertrechado en su voluntaria y confesa ignorancia,
osada como pocas, de las aportaciones de los principales especialistas, el autor desarrolla seiscientas páginas de ensayo que se antojan por completo prescindibles como producto historiográfico, de manera que, aunque confiesa en el prólogo que su libro tiene voluntad de ser
consultado, me atrevo a augurarle un apacible sueño de los justos en las bibliotecas, dada su más que predecible nula repercusión académica, al menos en el ámbito de los especialistas.

Para evitar tan nefasta situación, este humilde ‘legajista’ se atreve a concluir con una recomendación al autor y otra a la editorial, desde la más franca cordialidad. En mi opinión, el autor debería elegir una de las dos siguientes opciones. La más recomendable sería que, en futurasediciones (si las hubiere), quite la palabra ‘Historia’ del título y lo cambie por el de /Ensayo filosófico general sobre Al Ándalus/. Es probable que venda menos libros, pero de esta forma, al menos, será más fiel al contenido real del mismo y evitará confundir a los lectores poco
o nada avezados en el tema, así como ser considerado un mero diletante por los especialistas, si es que la opinión de los mismos le resulta de interés. Si, en cambio, desea mantener la palabra ‘Historia’, las exigencias son obvias y la recomendación es seguir el principio enunciado por uno de los padres de la ciencia moderna, Descartes, quien confesaba en su Discurso del método que preferiría no ver publicados sus trabajos, ya que ello le podría restarle el tiempo necesario para
dedicarse a su instrucción. Por lo tanto, que siga el ejemplo de tan ilustre sabio y, antes de seguir ejerciendo de historiador, materia que le es ajena, lea. A la editorial Almuzara, sugiero con toda sinceridad que, la próxima vez, intente documentarse mejor antes de elegir a sus colaboradores y que procure enviar los originales que encargue, o que reciba, a especialistas acreditados (que los hay) que puedan asesorarla mediante revisiones anónimas elaboradas con criterios científicos, lo que evitará que se desprestigie publicando libros académicos, no sólo inservibles, sino claramente nocivos."

sábado, 9 de diciembre de 2006

Chesterton y los turistas


Como Ortega, o como Péguy, también Chesterton estuvo convencido por un tiempo de la victoria moral del socialismo. Era idea extendida en la época, la de que no había alternativa “social”, ni moral, al socialismo. Socialismo o barbarie, se decía.

“Me consideraba socialista —dice Chesterton en su Autobiografía—, porque la única alternativa a ser socialista era no serlo. Y no ser socialista era algo absolutamente espantoso.”

Chesterton no pudo tener noticia del Gulag ni conocer la maravillosa vida en las democracias populares. Tampoco pudo leer a Hayek, Friedman o Popper. Tampoco le hizo falta.

Por cierto que, al releer la Autobiografía, encuentro esta distinción entre el viajero y el turista:

“El viajero ve lo que ve; el turista ve lo que ha ido a ver.”

No se puede decir mejor.

Ortega, el liberalismo y el Estado



Se tiene comúnmente a Ortega y Gasset por uno de nuestros más conspicuos liberales. Pero, ¿lo era realmente?

Conste que yo me declaro devoto y asiduo lector del maestro (en el erial…), pero no quisiera que la admiración por sus iluminaciones me impidiese avisar sus apagones.

En su juventud proclamó la, según él, ineluctable victoria moral del socialismo:

“Hoy ya quien no sea socialista se encuentra moralmente obligado a explicar por qué no lo es o por qué no lo es sino en parte.» (mayo de 1910, t. XI, p. 141)

Y otra vez:

“¿Qué afirmación de un nuevo derecho original destaca sobre la parca historia contemporánea? La idea socialista. Luego no es posible hoy otro liberalismo que el liberalismo socialista.” (antes de 1914, t. X, p. 37)

En su vejez fue filofascista, y desde luego simpatizante del Régimen de Franco.

Todo ello muy tibiamente, con matices y salvaguardas y muchos sí es no es.

Ahora, liberal, lo que se dice liberal, yo creo que no lo fue nunca. Porque la de liberal es una de las palabras más tergiversadas de la historia de España. Es como lo que dijo Prieto, “soy socialista a fuer de liberal”, que es como si alguien sostuviera que a fuerza de creer en Dios se ha hecho partidario del diablo.

De lo que Ortega era verdaderamente partidario era del Estado, y de que el Estado lo dirigieran los filósofos. Y, ya puestos, quién mejor que el mejor filósofo de España.

viernes, 15 de septiembre de 2006

El enigma Rojo




No me refiero a la polémica de quién era mejor estratega, si Franco o Rojo, polémica suscitada por el coronel Carlos Blanco Escolá en sus libros La incompetencia militar de Franco (Alianza) o Vicente Rojo, el general que humilló a Franco (Planeta). La polémica sobre el asunto entre los coroneles Carlos Blanco Escolá y Francisco Alamán Castro puede seguirse, por ejemplo, en algunos artículos de la revista El Catoblepas.
Por mi parte, nada perito en cuestiones militares, entiendo que el sentido común nos lleva a ver como imposible la comparación entre Franco y Rojo. Es como sumar peras y manzanas. Franco logró unificar en su persona el mando político y el militar, mientras que Rojo nunca pasó de ser "un técnico", un subordinado, y por tanto sin verdadera capacidad de decisión ni mando sobre todas las fuerzas. No son magnitudes equiparables.
Siempre me he preguntado, y es éste el enigma que me planteo, por el resorte del general Rojo. Por el secreto de su personalidad. Era católico, y hombre, al parecer de acendrada religiosidad. Sin embargo, fue el general de la República que desató una de las mayores persecuciones religiosas de Europa. Las operaciones militares que diseñó prolongaron la duración de aquel régimen... y de la guerra, que sin las contraofensivas que él planificó, pudiera haber acabado mucho antes.
La explicación "oficial" es que fue un militar leal a la República, que fue fiel a su juramento, que defendió al Gobierno legítimo. Nada más.
Es una explicación de color rosa, difícil de creer. El concepto de legitimidad había perdido cualquier funcionalidad desde bastante antes de 1936. La gente combatió en uno u otro bando por una de estas dos razones: o según su ideología y sus convicciones, o según la zona en que la suerte lo puso el 18 de julio.
Rojo era católico. Él mismo se definía como "español, militar y católico". ¿Cómo pudo presenciar impasible la persecución religiosa, el asesinato de gentes sencillamente porque iban a misa o eran sacerdotes o religiosos?
Frente a quienes quieren presentarlo como un militar aséptico, neutral, meramente técnico, son muchos los testimonios que indican su afiliación a la UME, organización decisiva en la preparación del Alzamiento.
Félix Schlayer, en su libro Diplomat im roten Madrid, traducido ahora con tan poca fidelidad como vista comercial como Matanzas en el Madrid republicano en ediciones Áltera, dice lo siguiente:
"Con lágrimas en los ojos, Rojo les aseguró a sus antiguos compañeros [i.e.: los resistentes del alcázar de Toledo, con quienes se entrevistó para negociar su rendición] que pensaba como ellos, pero su mujer y sus seis hijos estaban como rehenes en manos de los rojos, y no le quedaba más remedio que atenerse a tal coacción, pues carecía de valor para dejar matar a los suyos."
Aunque Schlayer no fue testigo directo de la conversación, alguien que sí estuvo, su antiguo colaborador y amigo el capitán Emilio Alamán Ortega, ahora entre los sitiados, contó que Rojo le dijo:
"Me he comprometido con esa gente. No quiero ni debo faltar a mi palabra. A mayor abundancia, tengo mi familia en Madrid; su seguridad depende de lo que yo haga. Pero vosotros resistid sin desmayo. Sois los mejores y ganaréis. Adiós. ¡Viva España!"
El propio Rojo nunca desmintió categóricamente estas versiones, sino que más bien pasó de puntillas por ellas. Sin embargo, para mí no está tan claro que Rojo permaneciera con la República en condición de rehén.
Primero, porque, un alto jefe del ejército, ¿no podía hacerse con un avión, meter en él a su familia y colaboradores más íntimos, y largarse al extranjero?
Segundo, porque la conducta de Rojo no fue la de un subordinado obediente, que se limitara a cumplir órdenes de mejor o peor gana. Fue un creativo, no un gestor.
Tercero, porque ni en el exilio ni tras su vuelta a España entonó palinodia alguna, ni la más mínima autocrítica, ni esgrimió para su defensa la condición de rehén.
Que Vicente Rojo no era meramente un técnico, sino un hombre con pensamiento político propio, da cuenta su abundante obra escrita en el exilio, édita e inédita.
En su libro Momento español, de enero de 1946, encontramos afirmaciones sorprendentes. Por ejemplo, ésta:
"Admito la posibilidad de ser llamado algún día a desempeñar una función de responsabilidad rigiendo los destinos de mi pueblo..."
¿Se veía como futuro jefe de gobierno? Por si acaso, ésta era su propuesta, no menos sorprendente viniendo de un general supuestamente "republicano":
"Mi fórmula es ésta: Monarquía instaurada por la voluntad nacional y con base eminentemente popular, porque como régimen monárquico implica la reaparición de un órgano recotr situado al margen de la discordia española, porque por su fundamento nacional y sus raíces históricas puede restablecer la continuidad rota en la vida de nuestras instituciones y porque con una actuación imparcial y justa puede devolver la paz espiritual y material a los españoles, cosa imposible de lograr por el régimen franquista y por los republicanos."
Su nieto, José Ángel Rojo, cuenta que entre sus papeles hay algún boceto en el que habla de "comunismo cristiano", aunque por desgracia no se explaya mucho más.
¿Era ésa la fórmula del general? ¿El "comunismo cristiano"? No lo sabemos.
Para mí, Vicente Rojo sigue siendo un enigma. Quizás porque cualquier vida es un enigma. Casi siempre insoluble.

martes, 13 de junio de 2006

El dilema del verano

"Cómo huir del calor sin caer en la gente."

El hallazgo es de Ortega.

Lugarcomunismo

El hallazgo es también del maestro (en el erial).

jueves, 8 de junio de 2006

Lápidas lapidarias

Todo el teatro de Valle Inclán es un teatro de marionetas.


José Antonio Marina es el Arturo Pérez Reverte de la filosofía.


Ortega era un dandy que en vez de colonia se echaba Dilthey.


Crítica de un libro de Gregorio Morán: ni era maestro ni vivía en un erial.


Yo he dado un paso más que Juan Ramón Jiménez: soy el cansado de mí mismo.

viernes, 2 de junio de 2006

Una palabra difícil

La explosión de los conocimientos ha arruinado el conocimiento. Ya no hay visión total, globalizadora, sino miradas parciales, subjetivas. El ensayo ha sustituido al tratado y a la summa. Todo es cuestión de perspectiva: el perspectivismo es la verdadera filosofía latente de nuestro tiempo.

No sólo las ciencias y las letras se han escindido, al parecer irremediablemente, sino que cada parcela, científica o humanística, se trocea y subdivide indefinidamente, incesantemente, de manera que el especialista se especializa cada vez más, y cada vez sabe más sobre menos. Y el especialismo requiere un esfuerzo agotador, tanto que el especialista se queda sin ganas y sin tiempo como para ocuparse de nada más. “El problema —así lo expone gráficamente Juan Arana— es que el metro cuadrado de sabiduría ha subido mucho de precio y hacen falta esfuerzos ímprobos para apropiarse una modesta parcela, de manera que tendemos a sentir plenamente realizada nuestra humanidad cuando lo conseguimos.” Y pone un ejemplo ilustrativo: si cada año se publican varios cientos de miles de teoremas, ¿qué matemático habrá que pueda seguir ese ritmo y estar al tanto de todo lo nuevo de su disciplina?

Arana rompe una lanza en favor de la interdisciplinareidad, concebida como una “síntesis teórica”.

Pero se me ocurren algunas dudas.

Primero, que esas síntesis ya existen. Constantemente se publican libros —sin contar las enciclopedias y los manuales y libros de texto— que pretenden ofrecer visiones globales de la cultura y del conocimiento, del tipo, por ejemplo, de Vida, naturaleza y ciencia. Todo lo que hay que saber, de Detlev Ganten, Thomas Deichmann y Thilo Spahl (Taurus, 2004) o La cultura. Todo lo que hay que saber de Dietrich Schwanitz (Suma de Letras, 2005) o Compendio de Historia cultural de Ute Daniel (Alianza, 2005) o muchos otros que parecen ser los herederos de las Etimologías isidorianas.

Segundo, que el concepto de interdisciplinareidad supone una neutralidad axiológica realmente inexistente. Como si todos los conocimientos y pensamientos pudieran concordarse sin contradicción. Pero la sabiduría no sólo presupone alcanzar la verdad, sino negar otras pretendidas verdades. Las “verdades” compiten. O se acepta la cosa en sí incognoscible, como Kant, o no se acepta, como Hegel, pongo por caso. A la verdad aspiran muchos, pero ¿quién la habrá conseguido? ¿Y qué sabio interdisciplinar podrá decidirlo? Por supuesto que la ley de Boyle-Mariotte carece de valor axiológico y que cualquiera en su sano juicio la considera probada e incontrovertible, pero las leyes físico-matemáticas nos hablan del cómo, no del por qué ni del para qué, que es precisamente aquello en lo que consiste la sabiduría.

Y tercero, el hombre común. Y no me refiero sólo al iletrado o escasamente cultivado, sino a los mismos licenciados y doctores, ya tan abundantes en nuestra sociedad. Ni siquiera la mayoría de estos tendrá la paciencia de leer todos esos libros interdisciplinares, y mucho menos para decidir y discernir racionalmente sobre todas las “verdades” parciales que se le ofrezcan. Pero es que en rigor él, el hombre común, el hombre cualquiera, cree que no le hace falta, porque ya sabe lo que tiene que saber para estar en el mundo. ¿Y qué es lo que sabe? Lo que cree saber. Porque la base de lo que somos no está en lo que sabemos, sino en lo que creemos. La gente no es de izquierdas o de derechas porque haya estudiado detenidamente las doctrinas económicas o sociales, sino porque se ha decidido y se ha posicionado. Es un acto de fe, de adhesión, de confianza o, como se dice ahora, de credibilidad. La gente no es evolucionista o creacionista porque haya leido libros de biología, sino porque “cree” una cosa u otra.

“El hombre —decía Ortega—, en el fondo, es crédulo o, lo que es igual, el estrato más profundo de nuestra vida, el que sostiene y porta todos los demás, está formado por creencias. Éstas son, pues, la tierra firme sobre que nos afanamos.”

Ahora bien, la creencia como forma de conocimiento, o de apropiación o aprehensión del mundo, es algo bastante problemático. “Esta operación mental —decía Hume, uno de los primeros en fijarse en esto— ha sido hasta ahora uno de los mayores misterios de la filosofía”.

He aquí por qué tres razones cuando menos no creo en la interdisciplinariedad como solución al perspectivismo y al especialismo. La solución, pues, tendremos que buscarla en otro sitio. No en esa palabra tan difícil de escribir y pronunciar, interdisciplinariedad, sino en otra más antigua y más sencilla: sabiduría.

domingo, 5 de junio de 2005

Volaterías (III)

Le dicen los ríos al mar: “Ya voooy, ya vooooy....”

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Mi lema: máxima humildad, máxima ambición.

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Era tan casta, que jamás se permitió usar polvos de talco.

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Un finca se hereda indefinidamente. En cambio, los derechos de autor prescriben a plazo fijo. La tierra vale más que la palabra o la idea. Como en los buenos tiempos del feudalismo.

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Las historias de la literatura como alternativa laica a las Flos sanctorum. San Antoniomachado y San Federico (mártires, aunque no vírgenes), San Ortega (obispo, "in partibus infidelium", sic ipse dixit), Santa Maríazambrano (doctora mística), Santa Rosalía (patrona de Galicia), San Juanramón (patrón de los profesionales de la salud mental), San Lope (para los pecadores arrepentidos y reincidentes), San Miguel (arcángel y autor del Quijote)… Antologías y manuales reclaman ya para sí el adjetivo de canónicos… Y estos santos también tienen sus fastos, sus octavas, y sus lugares de peregrinación. Paralelismos. Simetrías. Correspondencias.

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Duda sevillana: ¿Conget o con jota?

(Saludos, José María, si me estuvieses leyendo)

Ni carne ni pescado

Los franceses votaron no, los holandeses votaron no, los alemanes, si los hubiesen dejado, habrían votado que nein, del Reino Unido de la Gran Bretaña para qué hablar, y ahora un ministro italiano propone abandonar el euro y regresar a la lira. Aquí, en casa, los españoles dijimos sí, pero con la boca pequeña (la menor participación conocida en unas elecciones). Europa no levanta entusiasmos. O sí.
Pero ocurre que:
Primero. Nos mienten. Nos presentan como Constitución lo que no es más que un nuevo tratado internacional, y tal vez peor que aquel al que sustituye.
Segundo. Dicho tratado es un tocho ilegible, emborrachado de facundia, pretencioso y megalómano. Y al final, es el parto de los montes. Última deposición intelectual de un Giscard verborreico y vacío, senil y masónico (valga la redundancia).
Tercero: Europa no se atreve a ser Europa. Es decir, los Estados Unidos de Europa. Una unión federal o al menos confederal. Siguen plenamente vigentes los estados nacionales, pero con el añadido monstruoso de una burocracia bruselense, un parlamento que no es parlamento, una Comisión que no es gobierno y peor aún si lo fuese porque no la ha elegido nadie.
La UE no es ni carne ni pescado, sino en todo caso una entelequia carísima y lejana. Una calculadora de subvenciones. Una Babel de boletín oficial. Un decorado de oropel para disimular las vejeces de la grandeur francesa o del complejo de culpa germánico. Una falsa posición equidistante entre la libertad y el intervencionismo. Una cultura de la subvención y, por tanto, del dolo. Una identidad forjada por el tenaz orgullo del resentimiento, por la negación más que por la afirmación, por el infantilismo que regresa a los demasiado viejos: nosotros no somos como esos pobres norteamericanos... que derraman su sangre y no comprenden el mundo.
"España es el problema, Europa la solución", decía Ortega. Ahora que España vuelve a ser problema, como una pesadilla que se repite, ya ni siquiera podemos esperar la amanecida salvífica de Europa, más problema y más oscura y más pesadilla aún que España.
Vamos apañados. Habrá que pensar algo.