LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

domingo, 6 de mayo de 2012

LA HISTORIA DE LA LITERATURA O EL MANTO DE PENELÓPE

La Historia de la literatura es algo así como el manto de Penélope, que se teje de día y se desteje de noche. Nunca está terminado, ni el manto ni, tampoco, eso que ahora los que están al día de las novedades universitarias anglosajonas llaman ‘el canon’. Es cierto que en los libros de texto del bachillerato o en los manuales al uso vienen siempre más o menos los mismos, que si Quevedo, que si Góngora, que si Antonio Machado... Pero los autores de libros de texto y los manualistas son siempre los últimos en enterarse de por dónde van los tiros. O, a lo mejor, es que no quieren enterarse de por dónde suenan. Ellos, a lo suyo, que es el canon y la bibliografía. Miden la importancia de un escritor por el número de tesinas y de artículos que se les dedican en revistas aburridísimas y en universidades de tronío. Pero la verdadera historia de la literatura siempre va por otro lado. Apenas concluyen los manualistas sus sesudos centones repletos de notas al pie  y de citas autor-fecha (Cenceño, 1994a, por ejemplo), resulta que la estimativa de los lectores —que son los electores de la república de las letras— ya ha cambiado.
A Valle, por ejemplo, lo han encumbrado los manualistas —esos ciclópeos atletas de la inercia— hasta poco menos que la cima de nuestra literatura del novecientos. También los gacetilleros, que forman el coro de las bacantes de los manualistas. Uno de estos gacetilleros dice, por ejemplo, que Valle Inclán es el más grande escritor español del siglo (lo que, después de todo, no es gran cosa) y el esperpento lo mejor que le ha ocurrido al teatro español desde Lope de Rueda, y se queda tan ancho. Pero cuando se extingue el ruido, y uno pega la oreja a los raíles, ya se escucha que el tren marcha en otra dirección. Es probable que a la vuelta de unos años Valle Inclán se vea como una especie de hermano mayor de Pedro Luis de Gálvez, en espera de un Juan Manuel de Prada que le escriba su novela.
Al pobre Góngora lo encumbraron en su día como el primer vanguardista de nuestra historia literaria y, al fin y a la postre, hemos descubierto que sí, que efectivamente Góngora —el Góngora de las Soledades y del Polifemo— no era más que eso: el primer vanguardista de nuestra historia.
Ahora se nos vienen encima los famosos centenarios, el de Lorca, el del 98, amenazando con aplastarnos bajo una catarata de ponencias, conferencias y lecciones; bajo un torrente de homenajes oficiales de mucho interés turístico. Y de Lorca, ¿qué es lo que queda vivo, verdaderamente vivo? Unos cuantos poemas —pocos— y tres o cuatro piezas de teatro verdaderamente geniales. Casi todo lo demás es mera arqueología literaria, o prado para que rumien allí tranquilos y reconfortados unos cuantos miles de profesores —hispanistas, creo que les llaman— en todo el mundo. Y es nuestro escritor más traducido, después de Cervantes. O sea, turismo, arqueología, marketing cultural. La literatura va por otro sitio.
Con el 98 —ese engendro al que bautizó Azorín y confirmó Laín Entralgo— pasa tres cuartos de lo mismo. De vez en cuando vienen bien unos fastos, y qué mejor que unas fechas tan emblemáticas como el 92 ó el 98. Lo de menos es que la dichosa generación no exista más que en la mente de unos cuantos, lo de menos es que el mogollón —donde todos los gatos son pardos— vaya dejando paso a unos cuantos nombres, o mejor, a unos pocos títulos... Aún no hemos superado del todo los esquemas del franquismo, y tendemos a idealizar todo lo anterior al 36 (otra fecha emblemática). Ilustre profesor ha habido que ha pretendido ver en todo eso del 27 y del 98 como “la edad de plata” de la cultura española. Ahora vamos viendo que era más de hojalata que otra cosa. Una cultura que conduce al baño sangriento de una guerra civil de tres años no puede ser nunca una cultura de plata. Alguna había, sí, y algunos oros, pero también mucho hierro y mucha pólvora mental.
La historia de la literatura la vamos tejiendo y destejiendo todos los días los lectores que votamos en silencio (o que alguna vez nos manifestamos por escrito). Como el cambiante e inacabado manto de Penélope. Lo malo es que aquí nunca va a regresar Ulises.

martes, 1 de mayo de 2012

GUERRA Y PAZ

A la famosa frase de Clausewitz también se le podría dar la vuelta, y lo contrario sería también cierto: la política es la guerra proseguida por otros medios.


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No sé en qué momento se le ocurrió a alguien aquello de la "guerra incivil" para referirse a la nuestra de 1936. El neologismo hizo cierta fortuna, y aún hay quien lo emplea de vez en cuando. Pero guerras civiles no se conoce ninguna. Porque ninguna guerra es civil, sino militar. 


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Tengamos la fiesta en paz..., suele decirse. Lo que demuestra que a las fiestas siempre las carga el diablo, y ya se sabe que donde anda el diablo la violencia está asegurada.


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Y me parece que esta última reflexión viene muy a cuento de la fiesta que "celebramos" hoy.


lunes, 23 de abril de 2012

domingo, 22 de abril de 2012

PROVINCIANOS

Ahora, que apenas quedan provincianos espaciales, se multiplican los provincianos temporales, que creen que nuestro tiempo es la repanocha y que todo lo anterior es una antigualla. Gente que no se quita jamás la boina de su tiempo, aunque ésta sea una gorra de beisbol o la capucha de un chándal. 

Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz

viernes, 20 de abril de 2012

POEMA DE AMOR CON CREMA DE LANGOSTA



“¿Y por qué no me escribes un poema de amor?”

“Todos los temas, todos los asuntos,
la guerra, la política, el feroz
huir del tiempo, la muerte y el deseo…
pero nunca el amor, porque el amor
apenas necesita de palabras
y si las usa suelen sonar cursis,
empalagosas cuando no ridículas.
¿Cómo hablar de un amor sin que se manche?”

Y no muy convencida, me parece,
vuelve a la sopa y vuelve a su silencio
como yo vuelvo al mío y a sorber
el marino sabor de la langosta.

Pero no quiero ser ningún ingrato,
y ahora al mediodía le coloco
debajo de su plato este poema.

                               Hoy hay lentejas.       

lunes, 16 de abril de 2012

A MANO O A MÁQUINA

Leo en las bases de un premio literario que "los autores deberán presentar xxx ejemplares separados, mecanografiados o por impresión informática..."

Pero, señores míos, sólo hay dos formas de escribir: a mano o a máquina. Y el ordenador (y su impresora) es una máquina. Así que lo de  "o por impresión informática" sale sobrando.

martes, 10 de abril de 2012

ANTONIO MORENO: NOTAS DE ADONDEQUIERA

¿De que trata este libro de Antonio Moreno, titulado En otra casa y que acaba de publicar, en la colección Levante, La Isla de Siltolá? De todo, de nada. De la brevedad, dice su autor. Más retórica, más pomposamente, podríamos decir que de la fugacidad. Pero Antonio Moreno rehuye la retórica y abraza un estilo claro y sencillo, como claras y sencillas son las cosas que nos cuenta en su libro.

De la fugacidad, decíamos; de la brevedad, dice su autor. De pronto nos encontramos, en la página 79, con unas palabras que parecen ser el meollo o el nudo que une el tejido de este libro. Esas palabras son éstas:

Afortunadamente, todas las cosas acaban, las mejores y las peores, las que anhelamos y las que aborrecemos, y en su alternante finitud estriba lo que ellas son para nosotros. Por eso resulta poco juicioso desear que nada dure indefinidamente, inluidos nuestro nombre o nuestra vida. Hay algo de pueril en el ansia de alcanzar una existencia eterna. Es este afán una  enfermedad romántica, o bien una religiosidad engañada. ¿Qué se pretende que sea inmortal? ¿El cuerpo? ¿La devanadera consciente del pensamiento? La eternidad no puede iniciarse después de nuestra hora última; la eternidad no está por delante o por detrás de nuestros pasos, cuando cesa definitivamente el flujo temporal que se inició en el momento de nuestro nacimiento. Vivimos en el seno de lo eterno, respiramos eternidad cada mañana, mientras transcurre la jornada de trabajo o nos asomamos para ver desde él las palmeras o las buganvillas. Y hay momentos que son una cresta clara porque la percibimos, nos sabemos expresión pasajera e integrante de ella. Conviene tener confianza y dejarse llevar, como el niño se deja conducir por la mano de la madre o del padre. Vinimos; un día nos marcharemos con voluntad placentera.

Se trata, es evidente, de la declaración de un credo filosófico. Porque este libro, aun por encima de sus cualidades literarias, que no son pocas, es un libro de filosofía. Antonio Moreno no se detiene a demostrar la certeza o la verdad de sus afirmaciones, con pruebas y argumentos. Por eso no es un libro de filosofía en sentido estricto. Pero no por ello deja de ser un libro filosófico, con envoltura poética. O un libro poético con almendra filósofica.

Y en esta filosofía me quedo pensando, mientras cierro las tapas del libro.

domingo, 8 de abril de 2012

ÚLTIMA HORA

Crucifíxus etiam pro nobis sub Pontio Pilato; passus et sepultus est, et resurrexit tertia die, secundum Scripturas, et ascendit in cælum, sedet ad dexteram Patris.

miércoles, 4 de abril de 2012

UNA TEORÍA DEL ARTÍCULO

Lo abrí, claro. No pude vencer la tentación de conservarlo íntegro. Así que lo fui leyendo, el opúsculo de Fernandez de la Mora.


Que comienza por el principio, que es por donde conviene empezar siempre. Y el principio es la etimología. Y con esta irrefragable declaración de principios:


Hay viejos y apretados vocablos que son como semillas; llevan en sus entrañas la huella de antepasados extintos y el germen de seres venideros. A veces la magia del filólogo nos permite vencer al espacio y al tiempo y zambullirnos en ese alucinante microcosmos que es la palabra. Y desde muy dentro vemos cómo las raíces verbales se desencadenan e independizan de sus adherencias, pierden sus arrugas y se aniñan, se desnudan de sus significaciones recientes y descubren las originarias, van como devanándose y alumbrando su azarosa e insospechada historia.


Nos explica enseguida que artículo, en latín, era el diminutivo de "artus", que significaba miembro o articulación. En suma, piececilla pequeña que forma parte de un todo.

¿Y de qué todo forma parte nuestro artículo? De una filosofía, de una determinada concepción del mundo. Porque Fernández de la Mora sólo le otorga entidad de verdadero artículo al conceptual o al crítico, y parece desdeñar al puramente literario o divagatorio. Y así lanza el siguiente aviso para navegantes:

Y si no está virtualmente inserto en una concepción del mundo coherente, o respaladado por una tabla de valoración inmutable, degenera en juego ideológico que será cierto o incierto según la perspectiva. Y son pocos los articulistas famosos que han escapado a la justa reacción popular de no ser tomados conceptualmente en serio; sólo los que tenían una visión panorámica y total de las cosas. De los demás apenas sobreviven la huella de su estilo y el recuerdo de sus mentales acrobacias.

Precisamente por esta razón, "su destino final es ser articulado en un libro":

La tara del artículo no está en ser simple página o entrega de un tratado, sino precisamente en la posibilidad de no serlo, y de nacer, por tanto, condenado y tullido.

Sugestiva teoría del artículo ésta que nos propone Gonzalo Fernández de la Mora.  Que no sé si tiene discusión posible.